miércoles, 28 de julio de 2010

San Juan

Estaba a punto de servirme otro trago de cognac, y no eran horas para que llamaran a la puerta. Me levanté a desgana. Por la mirilla sólo se veía el negro del pasillo a oscuras. La electricidad de la vieja casa fallaba con frecuencia. Apenas comencé a volver hacia el sillón para taparme con la manta que me aguardaba revuelta contra el posabrazos, cuando los golpes volvieron a sonar. Había impertinencia en ellos. Dije quién es, quién es, un vecino contestó una voz andrógina luego de una irritante pausa. Escuché un segundo, por si alguien se había despertado; desde mi cuarto no se oía ningún ruido.

Dije qué quiere, es tarde, qué vecino. Cuál es su nombre, y la voz, que pareció decantarse al fin hacia un tono masculino, me dijo abra.

Era difícil que la casera dejara entrar al edificio a un desconocido a esas horas y en una noche como esa. Jorgona es una vieja supersticiosa.

No lo dije, es cierto. Era la noche más larga del año, y casi mi santo. Vísperas de San Juan. La antinavidad. Las antípodas gregorianas del 24 de diciembre. Es un inquilino del edificio, concluí.

Pero no fue ese el motivo por el cual abrí la puerta; el tono perentorio de aquel abra era incuestionable.

En el umbral de mi casa apareció una sombra entre las sombras del pasillo. Una figura negra recortada sobre la oscuridad del viejo corredor. Más negra que el fondo. No se movió, no intentó entrar, buenas noches dijo.

Tuve dos certezas: que no iba a pasar si no lo invitaba; y que aquélla no era una visita natural.

Como si quisiera confirmar mis locas fantasías alucinadas, esperé, y aproveché esos instantes en intentar descifrar alguna facción en esa silueta negra, mientras el frío del corredor se colaba en la sala como una atmósfera de sepulcro, arrastrándose a ras de la pinotea.

Ni siquiera el perfil saliente de un pómulo; nada. Incluso cuando la brasa de un cigarrillo se avivó, succionada por un aliento cavernoso, ni un reflejo de aquella sombra cobró apariencia humana.

La tormenta cortó la luz del corredor, dijo. Sin mucho que perder le dije pase y entonces creí verlo sonreír.

Entró, arrastrando la pierna derecha, y como una nefasta coincidencia la luz de la sala se apagó también. Ooops, dijo. Solo la llama del hogar daba un confuso volumen a aquella presencia que había cojeado hasta el centro de la sala.

Que quiere, le dije. Temo a la oscuridad, Castillo, dijo mientras daba otra pitada larga y ruidosa. Soy el vecino de abajo, y señaló al piso con la mano que sostenía el cigarrillo exageradamente largo. Juraría que hizo una mueca burlona al decirlo, si no fuera porque sólo veía su silueta. El resplandor de la estufa, que había quedado a sus espaldas, lo mantenía como una mancha negra.

Qué quiere, le dije, vengo a charlar Castillo. No me tenga miedo. Soy yo el que tiene que preocuparse, dijo y era inocultable, ahora, en el tono de su voz, la risa, llena de flemas. Tosió. Me di cuenta que cojeaba porque tenía una pierna considerablemente más corta. Giró un poco hacia la ventana y pude ver que usaba bastón.

Qué quiere dije y me pareció que ya lo había preguntado, así que mejor pregunté quién, es usted.
Ahora se rió abiertamente. El vecino de abajo. ¿No me conoce? ¿Conoce a algún vecino, Castillo?

Siempre me pareció lo más natural no conocer a ninguno. Pero entonces se me antojó absurdo. Llevaba viviendo allí un tiempo... largo, dos años quizá, y no sabía el nombre de mis vecinos. Reconocía familiares algunos rostros que se cruzaban conmigo en la escalera o en el viejo ascensor de rejas corredizas, pero de allí a saber un nombre o identificar de qué apartamento provenía cada uno, había un negro abismo.

No tenga miedo Castillo, hábleme. El hombre se acercó a la ventana con su repulsivo paso irregular. Su cojera tenía algo de blasfemo. Al pasar junto a la estufa debió arrojar el cigarrillo pues las llamas hicieron un raro chisporroteo. Antes que llegara a la ventana sentí una leve incomodidad, una preocupación por mi esposa y mi hija que dormían en mi habitación.

Cuando el hombre llegó hasta la claridad de la ventana y acomodó allí su silueta torcida noté la botella de cognac en mi mano. Un trago largo del pico aclaró mi intuición. Me pareció reconocer a un personaje de uno de uno de mis cuentos negros.

Un ruido en mi habitación me alertó, pero sólo era la queja de un resorte del colchón.

Mire Castillo, tenemos que hablar. Hay cosas. Cosas de las que tenemos que hablar. ¿Lo puedo tutear, verdad? Te puedo tutear. Sí, sí te puedo tutear. Vos querés escribir. Jorgona me lo dijo. Te hace propaganda. Tiene fe en vos, la pobre. Vos querés escribir y has intentado de todo.

Capaz que yo te puedo ayudar. Soy, como... algo así como editor. Disculpame esta intromisión, se rió, pero algunas noches como esta me asustan un poco y necesito compañía. El año pasado fui al apartamento de arriba.

Le dije está vacío, el apartamento de arriba, sí ahora está vacío contestó, y por eso vine acá. Va a ser un rato nomás, después de todo... qué es el tiempo.. Sólo un cambio de apariencia.

Un relámpago lejano dibujó en su perfil una piel rugosa, rara. ¿Qué estás escribiendo, contame?

¿Un chamán? Interesante. ¿No es un chamán? Interesante. Dejame adivinar, se llama Manuel y está en la Docta. No sé, no sé, tengo como un déjà vu con un ojo en el piso de una habitación de hotel, una escopeta, mugre. Ginebra. No me hagas caso Castillo, es que he leído tanto, contame de tu chamán. ¡Ah! Se llama Manuel, nomás. ¡Qué cosa, los libros hablan entre sí! Usan a los autores para eso igual que el huevo usa a la gallina para perpetuarse. Eso también lo leí, no me hagas caso.

Otra vez el colchón del cuarto, una tos.

Me... interesa el tema. Me gustaría leer alguna cosa. Capaz que tenés algo a mano que me pueda llevar. Prefiero, te digo la verdad, prefiero leer algo que recién hayas escrito, que esté sin corregir. ¡Uf! La cultura hace estragos; la erudición, ya sabés, me dijo encendiendo otro cigarrillo con un encendedor que se confundía con la propia silueta negra recortada contra la ventana de mi sala, la erudición en canalla los textos, Castillo. Descubro mejor el potencial en los escritos espontáneos. Ahí sí, puedo ver si valés. O, en cualquier, caso, cuánto. Me dijo mientra soltaba el humo.

¿Qué escribís, Castillo? ¿Qué pasa? ¿qué te inquieta? No, no escuché ningún ruido. ¡Ah! el colchón. Del cuarto. ¿Señora? Pero ¡caramba! ¿Vos no vivís solo? Hubiera jurado, yo no juro, no puedo, pero te hubiera firmado que vivías solo... ¿es una broma, no? una, digamos, excentricidad, de escritor. Y sí, Castillo. Escribir, cuesta. Todo cuesta Castillo. Podés pagar antes; o podés pagar después. A ver, dejame leer algo, decime algo, decime una frase, ah, me gusta, tenés talento.

Mirá, tengo un contrato y... por acá, a ver..., sí, tenés una pluma ahí en la mesa, ojo no te pinche, la oscuridad, es terrible, acercate a la estufa así ves mejor. Me gustás, creo que esto va a salir bien.

6 comentarios:

  1. Ha nacido un personaje. :-)

    El principio es espeluznante, felicitaciones (de nuevo).

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  2. Hay algo muy tangible en esa sombra, tiene razón sokón. Coincido con usted en que ha nacido un personaje.
    (¿Se refiere a la sombra, verdad?)

    Y hablando de cosas espeluznantes, amigo, no me ha contado cómo le fue con la fábrica de pesadillas. ¿Qué tan exitosa ha sido la empresa?
    (ppor mi pparte ya la abandoné)

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  3. Yo me refería a Juan Castillo.

    La fábrica de pesadillas no la leí aún, pero mientras tanto leí Queen of K'n Yan que me gustó mucho.

    Ahora estoy leyendo una colección de cuentitos de Fuguet, que escribe muy lindo. Uno de ellos es sobre unas chicas que salen de levante en auto y las persigue un auto negro y fantasmagórico. Muy fluida la prosa de Fuguet.

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  4. Sí! Juan Castillo es un personaje. Ustéeee usté que le gustan esos cuentos xenófobos de lovecraft podría escribirse uno con Juan Castillo.
    La llamada de Pit-C'nt. ¿Qué le parece?

    Imagínese: el batiburrillo de la masa va decantando hacia un solo canto. El fervor proletario comienza a entonar himnos horrísonos. Desde el interior del Parlamento Nacional, ubicado en el centro de un gigantesco pentáculo oculto, los legisladores miran incrédulos hacia afuera. En cada ventana del Palacio de las leyes alguien comienza a llenarse de un horror inexpresable.

    Comienzan a votarse leyes sórdidas: matrimonios blasfemos, obligaciones indecibles, apropiaciones impunes, prebendas colosales, incluso aunque eso ya se votó en el gobierno anterior.

    Mientras el disonante coro obrero eleva sus invocaciones procaces en al borde del pentáculo invisible, en el interior las manos se levantan, un voto, dos tres veinte.
    Por la avenida que forma una punta del pentáculo comienza a descender un tentáculo.

    Esto conviene decirlo así, sokón. "Por la avenida que forma la punta del pentáculo comienza a descender un tentáculo, avanzando hacia las hordas corifeas formadas por una población que, desde que en la década de 1930 dejaron de llegar forasteros, fue degradándose y atrofiándose al ritmo de la endogamia más abyecta."
    Incluso lo puede ambientar en el 2050 o algo así. Para darle más tiempo al proceso.

    Y en el clímax de los cantos y el horror, Castillo descubre a un voluminoso integrante de la Mesa Ejecutiva trepando, casi desnudo, a una columna de alumbrado...
    De pronto baja la vista hasta el Patek Philippe Calatrava que le regaló un expresidente masón: tres y veinticinco del primero de mayo.
    Ya estamos en hora le dice el integrante de la Mesa Ejecutiva, que está ahora a su lado; y vestido. Mira a la columna, mira a su lado. Respira aliviado. La masa obrera se agita sin unidad. Respira aliviado. Dice dale, vamos a arrancar, se para. En una punta, un grupo vestido con atuendos monocromos arrancan con la internacional. Por la avenida Agraciada comienza a descender la columna de la Teja, portando negros etandartes.

    Algo así sokón. Escríbase! usté que es seguidor de lovecraft.

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  5. Me aburrió, Z. Ni lo terminé de leer. Disfrácelo de post y a lo mejor le doy otra chance.

    Su prejuicio por los tentáculos contradice su opinión sobre la literatura. Esa de que no es el tema sino la forma lo que hace a la literatura.

    Lo que asusta no es el tentáculo, Z. No. Lo que asusta es lo que está pegado al tentáculo y ud. no puede ver.

    Como Peter North, por ejemplo.

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  6. ¡Ah! migo. No sea tan sensible!
    Le aburrió! Es una macana... lo escribí especialmente para usted, con ideas para continuar la saga de Juan Castillo.
    Discúlpeme. Prometo seguir intentándolo. No creo que lo vaya a disfrazar de post, igual.

    No tengo un prejuicio con los tentáculos, sólo me parecen fuera de lugar. Capaz lovecraft y sus amigos era alérgicos al calamar o algo así, pero ya le digo, cuando aparece el tentátulo se acaba el cuento.

    Sin embargo, me parecía que en el esbozo de historia de JC no estaba mal el tema.

    Pero ya ve. Esas cosas pasan...
    Sonría.

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