Yo ya lo sabía. Antes que me lo dijera, lo sabía. A espaldas de Manuel la niebla seducía las farolas, tan lindas, coloniales; las envolvía apagando las más lejanas.
Le dije vamos a volver, Manuel. Pero él siguió hacia el hotel a través del parque. –Si me ves que me comporto raro, que no te parezco yo, dejame, no te acerqués, chiquilín. –Y después se fue disolviendo en la bruma, con las puntas del saco dobladas hacia arriba y la gomina de la mañana ya opaca.
En la puerta del teatro todavía quedaban algunos conferencistas trasnochados, pero no estabas vos, que te habías perdido desde que me distraje con lo de la fe del alquimista, de Charconac. Te disolviste en el paraninfo como Manuel en esta noche rara, de ritos políticamente incorrectos. Y con vos se apagó la gracia, Grace, como esa película en que se muere el protagonista muy pronto, que sos vos, yo soy solo espectador, especto; expectoro. Y me estaría limpiando con la manga, la petaca aún en la mano, mientras desde el suelo oscuro arrinconado al costado del teatro, se encendía una brasa, cada vez más y más blanca. El mendigo volvía a fumar el cigarrillo que le di en la tarde por limosna, y ya se había fumado, si yo le di fuego. Hasta jugaba con el humo cuando me dijo esa frase imposible, horrible.
También supe algo nuevo, algo que nunca había sabido. Algunas veces sucede que, por azar, en la desesperación de la angustia uno puede quedar cara a cara con la divinidad. Sin buscarlo, ni entenderlo. Incluso sin creerlo. No dura demasiado. Un destello de sinceridad y, con suerte, lucidez. Luego regresa el anhelo de revertir la situación angustiante. De olvidarse de todo. Pero un instante de iluminación es la iluminación, y no tiene sentido hablar de la duración de lo eterno. Ya lo dijo Charconac, y vos sonreíste; así que lo escuchaste bien. Sin embargo, es solo un destello.
Esa lucidez, la conciencia de ese instante, es el conjuro para evocar, luego, el sentimiento sagrado. La pista de lo que buscas. Un rastro. Hay una palabra que ahora no recuerdo para ese salto que se produce en la espiral evolutiva. Maite la sabía. Un salto en calidad, completamente diferente del avance paso a paso, gradual, al que uno cree estar más habituado. Se produce a partir de un tipo de entrega. Con la aceptación de que intelectual o físicamente no se puede, y de todas formas se continua intentándolo con fe irracional. Una pequeña superación, momentánea, y duradera, del ego. Ergo sum.
Es la fe. Sucede que en momentos de necesidad o de angustia, uno puede quedar cara a cara con la fe. Durante un instante.

