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lunes, 8 de diciembre de 2014

¡Qué gran libro!

La mejor de las fieras humanas
Aldo Mazzucchelli

Luego de varios años de circular por las tertulias llegó a nuestro pupitre, anunciado por innúmeros encomios y rucias algazaras, este libro retacón y cajetilla que, con ingenioso descaro, nos propone la editorial Punto de Lectura: un volumen descartable, casi cúbico, de tenue encuadernación que duró apenas un centenar de notas al pie, antes de destriparse. Pero valga esa metáfora de la irrepetibilidad de toda lectura, que esta tribuna aplaude hasta la excoriación.

Se trata de la biografía –¡ah, tacañería infame del encomio! ¡más que eso! parece recriminarme mi amanuense haciendo un alto en su tarea de digitación; ¡es mucho más que eso! es la vida misma –del poeta Julio Herrera y Reissig. Señores: aquí está, pués, todo; cada miserable partícula de mugre en las uñas del poeta, cada resto de lechuga entre sus dientes, cada pensamiento que tuvo o que no tuvo, o que quizá podría haber tenido. Es difícil imaginar cómo hizo Herrera y Reissig para vivir sin haber leído antes este libro. Sólo falta (y no sé cómo se ha escapado) el poeta.

No hace falta aclarar que estamos ante una obra bastante escatológica, pues es lo propio del género. Una biografía muy moderna: la vida como la contaría Tinelli. En este punto mi amanuense sonríe contrariado; me aclara que de eso se trata toda biografía. ¿Para qué si no...? y me mira desde abajo, esperando una retractación de mi parte.

La pregunta es interesante y de difícil respuesta. ¿Para qué son las biografías? ¿Cuál es la tesis detrás de La mejor de las fieras humanas? ¿Qué busca? No es evidente y no lo sé. Para mí se trata, le digo disimulando el balbuceo con un bostezo forzado, de un gran conjuro, un ritual esotérico para convocar y retener, contra su voluntad, el alma de nuestro mayor poeta. Es la escoria de una monomanía del autor. Pero todo libro es eso, en el fondo, aclara mi amanuense desde el teclado, aguardando que yo asienta. Asiento.

Admito, de mala gana, que quizá esté predispuesto. Me disculpo; es mi falta de capacidad para evitar que los datos íntimos de un autor me arruinen la lectura de sus obras, y cambio de tema. Me gusta mucho Herrera. La Tertulia Lunática me hace llorar.

En definitiva, Mazzucchelli nos presenta su visión de Herrera y Reissig, como hace cualquier biógrafo. Pero en este caso, eso entraña una peligrosidad, pues ésta está tan bien escrita y documentada, que uno debe hacer un esfuerzo de atención para no tomar por cierta la ilusión de que está ante la vida real del poeta.

Pero vengan, los invito a pasar por este lado, a contemplar las virtudes de esta obra ampliamente recomendada, que desde ya recomiendo a todos también yo; dice mi amanuense.

Se trata de una investigación impresionante. Obsesiva. Podemos decir que es un libro obsesivo, lo cual no le quitaría mérito, sino al revés. Hay hasta un empeño en que se note la envergadura de la investigación. Tan rica en detalles y a veces tan cargosa (a partir de cierto punto digo ¡basta! –¿vasta? pregunta el amanuense –¡basta! qué me importa que la señorita Elvira le reveló en una entrevista a Mazzucchelli, a la que cortésmente accedió, que tuvo en sus manos una carta donde decía que  por un tiempo el poeta se peinó con raya al medio), tan cargosa, decía, en puntillar fuentes y las circunstancias que las rodean, durante doscientas  páginas de notas al pie, que al leerlo uno tiene la ilusión de que está accediendo, realmente, a la vida del poeta. Que lo acompaña en sus derivas. 

Éste es un gran mérito que se hace evidente si a continuación leemos, por ejemplo El bastardo, que intenta biografiar a Roberto de las Carreras, y donde es evidente la invención de detalles ineficaces y el tono de profesor suplente que adopta el narrador.

La mejor de las fieras humanas es un gran libro, tiene un gran título, elegido a medias entre Mazzucchelli y Herrera y Reissig, y si en algo falla, quizás, es en que luego de las novecientas páginas que nos presentan a un poeta empeñoso y brillante, gafe y drogadicto, decadente, despatriciado y a quien el mundo resulta ajeno, incluso luego de las inabarcables páginas de notas al pie, no se llega a conocer a Julio, como luego de leer su propia obra. Sólo falta, como dije antes, el poeta. Pensándolo bien, ahora, me parece que eso es bueno; es también un gran mérito.

Leí la prosa de Julio Herrera y Reissig en paralelo con  la de Mazzucchelli y el contraste es abismal. Quizá una me acercó a la otra; puede ser. Pero hay algo luminoso en la palabra de Herrera, y levemente oscuro en la nítida prosa de Mazzucchelli.

Por otro lado, este libro, que debería poner bajo los focos al biografiado, acaba trayendo a un primer plano al propio autor. Aunque tal vez este efecto sea un triunfo.

Felicitaciones Mazzucchelli y gracias. Escribió usted un bello libro, necesario, que justifica su existencia, y enriquece la de los demás. Y está hecho con amor, casi como un tributo, sincero, a uno de los más grandes escritores. Ojalá todas las biografías fueran así.

viernes, 11 de abril de 2014

¡Festejen, uruguayos!

UR - Melodrama biológico
Novela de: Leandro Delgado



Ur es el primer libro maldito real, de carne y hueso, que tengo en mis manos. Conviene saber de antemano que hay una voz ahí adentro. Una voz que va leyendo cada palabra meticulosamente. Una voz grave y casi mecánica. La letanía de alguien que no entiende lo que lee, o no le importa, o quiere darme tiempo para que yo comprenda. Ur es producto de un Pacto, un Acuerdo consciente o subconciente. Esto es evidente a las pocas páginas. Pero no tengas miedo, eso pasa. Durante unos días vas a tener sueños por las noches, y a veces durante la vigilia. En ocasiones la voz puede salir del libro y empezar a contarte otras cosas. Pero todo eso, a los pocos días, pasa.

Asusta un poco el vértigo al imaginar todo lo que hay detrás de cada página, comprimido. Asusta pensar en el autor. El vacío que habrá sentido en torno a su escritorio cuando, al final, levantó la vista con el lápiz todavía incrustado en los dedos y se quedó en blanco, con una sonrisa hueca. Y escuchó el silencio. El frío. Quizá Delgado tenga mucho aún para escribir, porque es un escritor que muta. Pero esa multitud no está dentro de Ur. Para bien, o para mal, se dio la circunstancia, singularísima, de que pudo decirlo todo.

Ur es un libro tan poderoso que destruye todo lo que lo sustenta. No es posible una continuidad después de esta novela de Leandro Delgado. No es posible una proliferación de su propuesta. Es perfecta, y destructiva como toda perfección. Como el arca guardada en el sancta sanctorum del templo, destruye todo a su alrededor. Pero se trata de una destrucción nutritiva, amorosa en última instancia, cuyas moléculas esparcidas serán abono para algo completamente diferente. He ahí, si te parece aceptable, la continuidad que ofrece.

A medida que leo, o escucho lo que esa voz sobrenatural va leyendo, siento en mis brazos y en mi vientre el esfuerzo físico de la escritura, siento que el libro está escrito con sangre, con tripas, con pedazos del autor, que lo han abandonado.

Es un libro que parece escrito durante décadas, pero también parece escrito por un principiante. Un ingenuo. Porque sólo la inocencia es capaz de acometer una tarea tan descomunal. Y aunque la contratapa da cuenta de una larga trayectoria literaria que atribuye a Delgado, la sacra ingenuidad es innegable. Porque no existe otra posibilidad. Porque solo en la mente del principiante pueden existir tantas opciones, mientras que en la del baquiano hay apenas unas pocas.

Escribir es difícil. Escritor es el individuo al cual escribir le cuesta mucho más que al común de las personas. Pero por sobre todo es difícil escribir un libro así, en una dimensión diferente.

Ur es un lugar en busca del cual parte un grupo de extraños personajes: un capitán telépata al mando de una nave inteligente, un clon lleno de cuestionamientos existenciales, un par de mellizas devenidas siamesas, un gigante y su enamorada, una vaca sentimental. No se sabe muy bien por qué van a Ur, ni si es posible llegar, ya que está ubicado en otra dimensión. Así resumido no debería despertar ningún deseo de lectura; más bien un aburrido escepticismo. Sin embargo, eso sería un terrible error. Parte del misterio de Ur es que esta historia funciona maravillosamente. Ur es mucho más que su descripción.

Ur tiene el don de hablar a cada uno sobre cosas distintas, como los mitos inmortales. A mí eligió hablarme sobre literatura; sobre la creación literaria, y sobre la escritura como sustrato de la realidad.

Aquí todos los personajes parecen una descomposición del creador literario: el capitán telépata, sin más nombre que su función directriz, tratando constantemente de meterse en la piel de otras criaturas y sentir desde su perspectiva, intentando conducir la nave hacia un lugar que no sabe muy bien dónde está, es claramente el aspecto más consciente de la creación: el autor tratando de escribir la obra, de conducir la nave.

La nave, la obra misma, obediente a las órdenes recibidas, pero con autonomía creciente, parece en cualquier momento al borde de mandarse por su cuenta, fuera de control, porque de última sabe más que el capitán sobre lo que debe hacerse y cómo hacerlo. 

El clon, con recuerdos implantados, creado adulto de repente, es demasiado parecido a un personaje literario, inventado para la obra, con recuerdos impostados. Las siamesas: la búsqueda del alma gemela, que es también la búsqueda del lector ideal, porque ¿para quién y para qué, sino, escribe uno? El texto está repleto de marcadores que sugieren esta semántica: las gemelas, por ejemplo, se unen (siamesarizan, dice Delgado) en un atardecer especial -eso es muy romántico- y a partir de ahí cargan el karma de ese instante, hasta la separación. No voy a profundizar esto, pero está por todo el texto. Otro: un escritor que se escinde de su misterio poético, las causas y lo que ocurre con cada parte; el gigante que es quizá el personaje más humano (irónicamente, el único), es el melodrama. Se ha dicho que toda historia es policial. Yo creo que toda historia es melodrama. He ahí el gigante, la mecánica de la narración. Ur: una creación poética, un verdadero planeta de clase Ur.

Pero Ur es, sobre todo, una historia muy divertida que se lee casi de un tirón. Sokon m ha establecido que Ur es muchas cosas. Coincido. Hay en él un sentido alegórico, un sentido analógico, uno anagógico, y posiblemente muchos más.

Los defectos: la identificación de Ur con Montevideo fracasa rotundamente, pero es mejor así, porque Montevideo ya no tiene nada que ver con esta historia, si es que en algún momento lo tuvo. Hay salidas de tono que parecen chistes innecesarios; pero en una obra de esta calidad podemos asumir que quizá, estas excrecencias no las estamos leyendo en el registro correcto. Dicho de otro modo, quizás existe un registro en el cual no sean salidas de tono.

Por otro lado, no hay una palabra que no tenga peso (y aquí vuelvo a la creación como tema central de Ur). La literatura es importantísima en este libro. No es, ni intenta ser, un sustrato transparente e inocuo que viabiliza la manifestración, una especie de éter, sino que es el UNO del cual todo procede por adaptación y especialización y diversificación, como sostiene la tabula smeralgdina. De hecho, si Ur se hubiera publicado en el siglo XVII, sería un hermoso grimorio sobre alquimia.

No es habitual que se publiquen libros como Ur en Uruguay, ni en otro lado. Es un privilegio al que no deberías renunciar.

lunes, 11 de febrero de 2013

Palabras, palabras, sólo palabras... las mejores palabras

El Pasajero
Rodolfo Rabanal

A ver… Caballeros, damas, préstenme su atención un momento. Les quiero presentar aquí al señor Rodolfo Rabanal, referente prolífico y recurrente representante cuya lectura os recomiendo. Se trata de un escritor… digamos, un escritor becado. Rodolfo recibió la beca Fulbright y se fue a producir a Iowa; y diez años más tarde los comités benefactores aún confiaron en él dotántole con la Guggenheim. Y si no os impresiono con todo esto, también diré que al regreso de Iowa (que bella palabra) Iowa decía, se fue a París a ser corresponsal de un diario argentino. Pero lo echaron, y la Unesco aprovechó esa oportunidad imperdible para reclutarlo como traductor y luego como Agregado cultural. También en su país, un día que regresó, debió llevar adelante una Secretaría de similares responsabilidades.


Así que, señores, señoritas, los voy a dejar con Rodolfo que va a hablarnos de su novela El Pasajero. Bien, me dice Rodolfo, aquí al oído, que en estas páginas se cuenta la historia de un grupo de escritores de distintos países, becados por una sospechosa (sic) organización para alojarse durante el invierno en New Caen, un pueblito universitario sito cuatrocientos kilómetros al norte de Chicago.

Perdón, dice Rodolfo. Debe, dice, ausentarse un momento, pero yo voy a continuar hablando de esta obra que me gustó mucho y cuya lectura recomiendo rabiosamente. Vaya Rodolfo, aquí lo esperamos.

Pues bien, si la finalidad de El Pasajero fuera confirmar que existe vida al norte de Chicago, la empresa fracasaría miserablemente. New Caen parece un pueblito de cartón. Los personajes son, apenas, bosquejos más bien traslúcidos. Y en esta historia no pasa nada. No hay trama, no hay nudos narrativos, la poca expectativa que alienta al lector, suele evaporarse sin satisfacción alguna.

Ah, aquí vuelve ya, Rodolfo. Pero continuando, decía que el estilo de Rodolfo es tan excepcional, el vocabulario es tan preciso, ostenta una riqueza plasmada en la expresión siempre perfecta, las descripciones son tan evocativas, la sintaxis tan bruñida, que, a pesar de la ausencia de todo elemento novelísitico, Rodolfo nos transmite emociones vivas. Frías, sí, como el invierno en New Caen. Y, dicho sea de paso, me atrevo a decir que el Invierno es el único personaje aquí. 

El estilo indirecto con el que se refieren todas las alocuciones, a través de la voz del narrador (uno de los escritores becados, argentino) nos impide estar a solas con ninguno de los personaje, y hasta nos invita a dudar de su existencia. En un apuro, ni siquiera sabría precisar cuántos son. Sé que hay un polaco, un húngaro, una pareja de jovencitas.

Me atrevo a decir, corríjame Rodolfo si no concuerda, que la clave de El Pasajero está en la descripción de la vida de campus universitario, que ya se sabe es tan abúlica, aburrida hasta la languidez, y sin embargo aquí, como en las más populares comedias de Hollywood, se muestra amena y hasta interesante. Esta ficción, sumada a las ausencias mencionadas, no puede decirnos otra cosa sino que la historia es una fantasía del narrador. El bosquejo de una obra que prepara mientras goza (quizá él sí) de una beca.

Esta sensación de bosquejo laboriosamente editado es aún más evidente en algunos desaprovechamientos casi toscos. En primer término, el misterioso representante de la organización benefactora, Edwin Thurber, cuyas intenciones desconocidas generan la insinuación de un ambiente paranoico, pero no ocurre nada con él y se desvanece a pocas páginas de su entrada triunfal.

Y luego, la pistola. Recordemos las palabras de Guillermo Martínez en La Víctima: «… ‘y esa misma tarde compró un 38 corto, de seis tiros.’ Así terminaba el primer capítulo. Roberto sintió que se adentraba en tierra de nadie. Las frases más inocentes podían ahora ser significativas; las palabras tenían otro peso, otras resonancias. Ahora había un revólver de por medio, y todo estaba bajo amenaza ¿No era exactamente eso, según Chejov, lo que diferenciaba a la literatura de la realidad? Si hay un revólver, antes de las doscientas páginas el revólver se disparará. Los personajes se aguzaban: nada de lo que harían, nada de lo que dirían, sería ya casual.»

El narrador de El Pasajero es obsequiado con una pistola cargada de muerte, en un momento en que la idea del asesinato ronda su cabeza y varias situaciones de molestia y odio tiñen las anécdotas de nuestro narrador. Pero la pistola es envuelta en franela y guardada en un cajón, donde hasta Rabanal parece olvidarla.

Varias páginas desgranan referencias a la obra de Hopper (tenemos un de sus cuadros iluminando un viejo muro de este sitio), alentando a buscar en ellas el tono y el significado de estas páginas. Mala señal. Siempre es mala señal si hay que interpretar por el lector. Por fortuna, filosóficamente la obra no dice nada, y si Rodolfo quería decir algo, debemos agradecer que no lo consiguió.

Así que, nada, recomiendo esta novela de exquisita lectura ¿No sé si quiere agregar algo, Rodolfo?



viernes, 17 de febrero de 2012

Alguna necesidad, quizá

Lo Improbable y Otras Novelas
Julián Rodríguez

He aquí un libro hinchado y pretencioso, petitero, que recomiendo leer a quien disfrute de una buena lectura.

Creyente de la reescritura, desconfío, sin embagro, cuando se realiza post publicación. Tal parece ser el caso de este raro ejemplar. Está claro, hasta en su declaración, que no se trata de una obra de arte. Por el contrario es un compendio, reedición y corrección todo en uno. 

Se trata de tres libros: «Lo improbable», «La sombra y la penumbra» y «Ninguna necesidad». Y en esto, quiero ser claro, coincido totalmente: no había ninguna necesidad de hacer esta compilación. Julián Rodríguez escribe muy bien, muy bien. Es un escritor. Sin embargo, la mayoría de lo publicado aquí (incluyendo la premiada última novela, aka «Ninguna necesidad») son ensayos antes que obras literarias. A ver, queda un poco confuso así... son intentos, ahí está. Son intentos literarios antes que obras, exploraciones del autor en torno a una forma que le es, aún, en esas páginas, esquiva. No tiene que ver con la elipsis esta dificultad que refiero. Rodríguez la domina bastante bien. Falta algo de trabajo para que la lectura interese. En muchos pasajes los azares parecen demasiado despreocupados, tomados al primer golpe de pluma y luego, sí, trabajados con oficio.

En contraste con esto, el estilo de Rodríguez cautiva desde el comienzo. Durante páginas y páginas, la ausencia  de adjetivos adjuntos otroga a la prosa la contundencia de un texto escrito sobre granito. Hay poco más, es cierto, los personajes son simplotes, las anécdotas suelen aparecer poco interesantes entre la bruma de una trama mal trabajada, los detalles no siempre son los adecuados. Pero, a pesar de todo lo dicho, recomiendo sinceramente leer a Julián Rodríguez.

La segunda obra, en particular ("La sombra y la penumbra») consta de tres relatos que tienen toda la fuerza bruta y la sutileza de Raymond Carver y Cesare Pavese. Es mi recomendación. Es una verdadera obra de arte. Prefiero el primero de los tres, pero hay de sobra lugar para matices personales en cualquiera de ellos.

Julián Rodríguez: un gran escritor que hay que leer. Y releer. Sobre todo aquel que desee llegar a escribir bien.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Del cuartucho del fondo


Una Merkel para Jonny
Antonio Fergus

Es difícil decir de qué se trata este libro. Tiene una rareza poco común: no pasa casi nada, todo parece que pasara pero se diluye, no se entiende muy bien lo que cuenta. Y, sin embargo, apasiona. Voy a arrancar en orden.

Para los contras, Montevideo tiene aún tesoros por revelar. Uno es el cuartucho del fondo de la casa de mi tiabuela. Hace unas semanas tocó limpieza en la casona de Lezica y llegó el turno (algún día tenía que pasar) a una pieza que hay en el fondo del fondo. Abajo de incomprensibles cachibaches y encima de cuatro o cinco cucarachas macho, había tres atados de libros. Entre ellos este Fergus.

Ahora bien, volviendo a él, su virtud principal es ser diferente a todo lo que puedo recordar. No sé con qué compararlo. Un híbrido de William Faulkner y Carpentier; alguna cosa de Osvaldo Soriano... un tono similar de pueblo y de ruta que pasa cerca. Y ahí vuelvo a tomar el hilo: no pasa gran cosa, pero parece que pudieran pasar muchas.

La historia -mi versión- es bastante simple: Jonny deja embarazada a una muchacha del pueblo y sus familias arreglan un matrimonio como única forma de zanjar la cuestión. Así comienza: "El Jonny se casa el 15" le informa el padre a su esposa. Ya está. El hecho consumado.

Y Jonny -que no aparece en toda la obra, salvo mudo y en un rincón, en una única escena, cuando el tío llega al pueblo y ante la pregunta ¿qué traés ahí? acota la única previsible flaqueza del libro: "Una Merkel para Jonny" –es un pibe de 19 años con un retraso intelectual; aparentemente, pues nadie lo dice nunca.

La madre no quiere que le den la escopeta, pero como se casa, pasa a ser mayor de edad, así que hará lo que quiera. Obviamente Fergus no nos díce qué quiere, pero la descripción que hace de la carita del pibe cuando el tío saca la reluciente escopeta, valdría por sí sola toda la novela.


Me la leí de un tirón. Cuando terminé, la tapa se me antojó lo que debe haber quedado grabado en el limitado recuerdo del pobre Jonny al ver los grabados plateados sobre la escopeta.

Y eso es todo. Al final queda: la casi certeza de que el Jonny no participó del embarazo y un esbozo de escalofrío ante la puerta cerrada de la nueva casa: con la muchacha, novia de no sabemos quién, el bebé, el Jonny, y la Merkel colgada en la pared encima del bargueño.

Pero funciona. Habrá que leer algo más de este uruguayo radicado –al momento de la publicación, al menos– en Canadá.

Salutaciones para Fergus, y suerte para el Jonny.

miércoles, 19 de enero de 2011

Premio Nobel

La Muerte en Venecia
Thomas Mann

La Muerte en Venecia es la historia de un pederasta que muere de cólera cuando está por salir del closet. El resto es puro color. El ahora Nobel Vargas Llosa le da para adelante a su antecesor, evocando virtudes inexistentes.



El personaje está construido con bastante superficialidad y no pasa de ser un estereotipo, además poco creíble. Porque uno podría creer en los estereotipos.

Diría, casi, que todos los personajes famosos son estereotipos (y son creíbles). Por otro lado, aquellos caracteres complejos, que te llegan al fondo mientras leés, sólo podés recordarlos entrecerrando los ojos y mirando entre la bruma de un sueño.

Rescato, para ponerle onda, la escena en que el personaje se deja teñir el pelo y maquillar por un peluquero veneciano, y así, con cinta en el sombrero, sale a perseguir al adolescente por calles estrechas en las que ya se extiende el cólera hindú.

La novela parece más bien una confesión. Ni siquiera resulta provocadora. Navokov estuvo mucho mejor. Indicio de esto es ya, de pique, que debió publicar la primera edición de Lolita en una editorial de novelas indecentes.

Una novela profundamente olvidable.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Elogio de una extraña criatura

Cuentos de Tripas Corazón
Leandro Delgado



En algunas bibliotecas viejas que han estado en la casa desde antes que uno, o en cajones de muebles que han ido arrinconándose y mudando su función al compás de impulsos decorativos, se encuentran a veces libros viejos, de desconocida ascendencia, expósitos casi, que acrecientan el placer de su lectura con el sentimiento de hallazgo de un pequeño tesoro.

Cuentos de tripas corazón es un libro que me hubiera gustado heredar de esa forma. Delgado escribe muy bien. Tiene el control total de cada palabra de este libro. Es lo primero que el lector nota. ¿Es suficiente, eso? Más: ¿es deseable que sea así, o no?

Creo que en este caso, es necesario que sea así. La naturaleza inquietante de los cuentos lo exige, pues la inquietud proviene, en gran medida, de la forma. Así las cosas, uno necesita la confianza para entregar el alma al autor y dejarse llevar.

Son cuentos extraños. Con una manifiesta intención poética que trasciende la concertación de metáforas y descripciones sensuales. La intención poética se opone, en cierto sentido, a la intención narrativa.

Cuentos de tripas corazón intenta transgredir al lenguaje mismo; a lo verbal. Golpea los límites del universo verbal y provoca algunas pequeñas abolladuras en esa pared metálica que separa lo que puede decirse, de lo que no. Y cada una de esas abolladuras se vuelve territorio conquistado por el lenguaje. Eso busca la poesía, y eso buscan también los cuentos de tripas corazón.

Ahí está el corazón. La eficacia de los cuentos viene de las tripas. El soporte del texto no es conceptual. Y esto es de gran importancia porque lo fantástico, aquí se entremezcla con las estructuras narrativas.

El nivel de los cuentos no es parejo. Algunos destacan sobre otros. Eso viene a contribuir, extrañamente, a la unidad del volumen. Quiero mencionar algunos. Dos, que no acabaron de convencerme: 09002776 y Veinte minutos de terapia.

Sin embargo, me conmovieron profundamente los relatos: Los pingüinos, que me hizo acordar a la escritura de Carver por la tensión insoportable que uno no sabe bien de donde proviene (de algún tipo de inminencia, supongo) pero que lo mantiene sentado en el borde de la silla durante todo el relato.

Y El Asado, donde, si bien a priori produce cierto desconcierto la incongruencia entre la sofisticación del discurso del narrador y la entrega corporal a una bacanal cárnica, acaba resultando tremendamente eficaz. Y en esa eficacia la contradicción desaparece, se vuelve luminosa fundiéndose en una criatura contradictoria como lo es, sin dudas, el humano. Más aún cuando esa contradicción aparente se materializa en el relato con la aparición de un extraño ser sospechosamente parecido al pombero, y a la imagen que el lector se va formando del narrador. Al final, es un cuento de una multidimensionalidad asombrosa, que funciona en muchos niveles.

En la vida hay amores que nunca, es uno de los relatos más divertidos que recuerdo haber leído, y propone también una mirada muy provocadora, muy germinal, sobre otras realidades con las cuales convivimos y de las que a veces no somos tan conscientes.

El volumen finaliza con un relato que perfila, a mi juicio, a Delgado como el poeta que Montevideo se merece, y que aún no ha sabido cómo engendrar.

Por otro lado, no convence la presentación del libro. La estética exterior parece supeditada a las características de los cuentos. Eso no está bien. El envoltorio de la obra: carátula, textos de solapas y contratapa, y demás elementos, son herramientas de marketing antes que artísticas. Marketing en un sentido puro, pues actúan en los lectores potenciales antes de que estos se hayan introducido en el universo propuesto por los textos. Más aún: antes de que esté dispuesto a hacerlo. Y debe tentarlo teniendo en cuenta el lugar en que se encuentra en ese momento. Esos metatextos forman parte del universo cotidiano, y no del literario. En este caso, esta parafernalia no invita a la lectura. Está, a mi juicio, en una clave inadecuada para el momento en que el lector (que aún no lo es) la recibe.

Sospecho que Cuentos de tripas corazón es un libro importante. Una evolución de algo, en un estado ya de madurez. Es una obra de una seriedad casi rabiosa, presentada con un ropaje magistralmente desenfadado. Me alegra mucho que se publiquen libros como este en Uruguay. 


sábado, 13 de noviembre de 2010

Caballeros, una cuestión de números

He aquí Caballeros del escritor sueco Klas Östergren. Las primeras 100 páginas son fantásticas. Las siguientes 150, insoportables. Las restantes 240, no tengo la menor idea.

Un bodrio importante que, luego de 30 años, ha sido traducido para muchos lectores el mundo.

(Casi casi coincido con The Times.)
(Der Spiegel afirma, con mucha más astucia, que «Klas Östergren es un maestro de la narración», lo cual no puedo discutir, ya que ha escrito otras cosas además de este ladrillo.)

lunes, 12 de julio de 2010

Levantar Ciudades

Levantar Ciudades
Lilian Neuman

Finalista Premio Nadal 1999.


Una bosta. 
Eso pensé cuando empecé a leer este librito. Pensé que me había engañado la contratapa. Me estafaron, pensé.
Seguí leyendo. 
Una bosta, confirmé. Y decidí que el premio Nadal era también una bosta.

Desde que decidí, hace ya un tiempo, que no tenía por qué terminar de leer todo libro que hubiera comenzado, muchas veces he tenido que plantearme a cada página si seguía una más o si ya habían sido suficientes.

Sabido es, por quienes me conocen, que para resolver esta disyuntiva, a todo libro le concedo una gracia de cien páginas. Cien, en honor al comienzo  de «El Nombre de la Rosa», que el editor  quería cercenar. Y que por suerte Eco protegió con firmeza, todo o nada, aduciendo que el lector que fuera a introducirse en el mundo del libro debía pasar esa Iniciación. Después de todo, adaptarse a un universo nuevo no es tan fácil. Menos si se trata de uno engañosamente parecido al real.

Por otro lado, si en cien páginas un libro no mejora, puedo decir que es una bosta, con propiedad.

«Levantar ciudades» está organizada en cinco capítulos, o libros. No queda claro. Ahí se refleja un poco una rara desprolijidad general de la obra. Siendo más formales, estos cinco capítulos deberían ser en realidad tres libros.

El primero cuenta la infancia de la narradora. Es malo. Plantea una visión infantil del mundo, y aunque quizá es una visión formalmente correcta (quiero decir correctamente infantil), no tiene ningún interés artístico. En cualquier caso, para bien de Neuman, toda esa parte está al comienzo (y ocupa menos de cien páginas). Imagino que debe cumplir una función numeraria para alcanzar la cantidad mínima de páginas que Nadal exige en su Premio.

Una vez superada esta primera parte, que más bien parece una autobiografía real carente de todo interés, el libro mejora muchísimo. El universo de Neuman, construido con un estilo literario particular, empieza a resultar más benévolo con el lector.


Es cierto que el segundo libro es una historia totalmente independiente al resto de la novela (aunque es la misma narradora, algunos años después, cuando se ha mudado sola a vivir en Buenos Aires). Pero incluye la descripción de una obra de teatro sobre la Pachamama negándose a salir en su festividad por estar harta de que le regalen chucherías (guionada por la narradora), que es muy divertida, y vale ya por toda la lectura del libro.


El libro mejora mucho a partir de ahí; y ya habituados a la voz de Lilian Neuman, la novela consigue su efecto, y acaba siendo una lectura muy bella.

Y uno piensa, entonces, que las rarezas del libro quizá no sean sino esa magia que tienen todas las operas primas, inclasificables en otra categoría. Magia que perdemos cuando sentimos que empezamos a domeñar el arte y el oficio de escribir.

Un aplauso para Neuman. Logró rescatarme del escepticismo y me hizo disfrutar.


martes, 30 de marzo de 2010

Algo que decir


El Palacio de los Sueños
Ismail Kadaré

Entre los desgarros y horrores de los que se alimentan los regímenes totalitarios, junto a la libertad aplastada a mazazos, a las familias amputadas, a la crueldad de cualquier ingeniería social, a la alegría hecha jirones, a la dignidad rajada, hay que poner también, como otra de sus consecuencias, la mala literatura.

O algo peor: la mala literatura escrita por buenos escritores. Esa es la primera sensación que deja esta trabajosa alegoría de Ismail Kadaré.

La idea está muy bien: el Tabir Saray es una monstruosa oficina estatal encargada de recibir diariamente y desde cada rincón del imperio, los sueños de los súbditos, clasificarlos e interpretarlos, luego de un extenuante proceso de purga. La historia narrada es la de Mark-Alem, un novel funcionario del Tabir, al que le toca desempeñarse en un momento particularmente singular.

Kadaré escribe bien, no hace falta que venga nadie a decirlo (amén de lo ya dicho oportunamente sobre la literatura en lenguas menores). Es obvia la influencia de Kafka. La estructura laberíntica del Tabir se expresa en un plano edilicio, en las jerarquías que lo gobiernan y hasta en los procesos que en él se disparan. Sin embargo, son más notables las semejanzas con «La muralla china» que con «El proceso».

Entre lo más destacable está la prosa, de una prolijidad y exactitud que hace acordar a il venerabile Jorge. La trama tampoco resulta del todo aburrida, y es impresionante el paralelismo que se logra entre el laberíntico edificio del Tabir y el mundo onírico, objeto y razón de se su existencia. También la atmósfera totalitaria, reflejada en la concepción misteriosa y hasta mítica que del gobierno tiene el pueblo.

Y punto.

Después, todos estos recursos, sumándole además el tremendo potencial de la idea, son sacrificados en pos del mensaje que el autor quiere decir, sin desencadenar la ira de los censores. Todo en aras del mensaje. 

Sabido es que no estoy a favor de la literatura con mensajes. Menos de la que tiene el mensaje como único fin. Toda analogía (y la alegoría lo es en un modo superlativo) funciona hasta cierto punto. Su poder es el de un quinqué que arroja algo de luz sobre unos pocos aspectos de la metáfora que coinciden con la cosa. Más después, el esfuerzo por hacerlos coincidir completamente acaba destruyendo la figura retórica. Eso le ocurre a El Palacio...

Ocurre además que sobre el final el tono de la novela se quiebra, perdiéndose en la ruptura la magia que pudiera despertar el laborioso comienzo (que ocupa la tres cuartas partes del libro).
Es fácil de leer. Sin embargo, hay que decir también, como agravante, que esta obra figura en esa rara categoría que de los libros revisados y corregidos por su autor mucho después de su publicación original. 

Me acerqué a Kadaré con intención de leer Frente al espejo de una mujer. Y me dejé convencer por quienes me dijeron que El Palacio... es la obra más lograda del albanés. Sigo teniéndole más fe al Espejo...

jueves, 7 de mayo de 2009

Bajo la luna del martes


Muchas veces lo he arriesgado todo por una señorita en apuros; he perseguido enormes ballenas, librado duelos, cruzado los mares en todas direcciones, he dado la vuelta al mundo, he descubierto meteoros, naufragado en islas desiertas; en fin, mi currículum, señores, asombraría a más de uno.

En esta ocasión quiero contarles acerca de la vez que fui abandonado en lo más oscuro de la selva africana, y las circunstancias notables que me llevaron allí.

La historia comienza en Nueva York una tarde del año 1911 en el apartamento de un descontento vendedor de sacapuntas.

Entre el cansancio y el tedio que lo aplastaban en un sillón, luego de pasar el día recorriendo oficinas, hojeaba en un folletín un artículo sobre alcoholismo cuando descubrió, por accidente, un pequeño relato de ficción. Lo encontró tan mediocre y tan basto que llegó a convencerse de que incluso él, sin haber escrito jamás, podía superarlo.

Edgard Rice Burroughs lo ignoraba, pero en ese instante estaba naciendo una criatura inmortal: Jonh Clayton III.

Burroughs nació en Chicago en el año 1875 y estaba destinado a ocupar un importante lugar en la empresa de su padre. Sin embargo, su ánimo inquieto lo alejó de este destino. Luego de ser expulsado de varias universidades y de la Escuela Militar de West Point, tanto Edgar como su familia renunciaron a tales expectativas.

Intentó ser aviador. Buscó oro en las montañas de Arizona. Trabajó de camarero. Todo sin el menor éxito. Acabó como vendedor ambulante de absurdos artículos, hasta que a los 37 años, motivado por las circunstancias comentadas, escribió su primer novela: Bajo la luna de Marte, y la vendió al pulp fiction All Story.

De esta forma Burroughs acababa de inaugurar no sólo una descollante carrera, sino además, el género de Ciencia Ficción en los Estados Unidos.

Por su segunda historia recibió 700 dólares. Más de lo que ganaba en un año de ventas ambulantes. Impulsado por estas perspectivas económicas se dedicó con más entusiasmo a la creación literaria.

En el ejercicio cotidiano descubrió que todo lo que necesitaba para crear mundos fascinantes y llevar a sus lectores a los confines más lejanos era una buena enciclopedia y una máquina de escribir. Un lápiz para corregir. Sacapuntas y a tenía. Sólo eso: Burroughs estaba listo para comenzar su gran aventura.

La tercera novela alcanzó una popularidad sin precedentes. Narraba la historia de un niño abandonado en la selva y criado por gorilas, quien siendo mayor regresó a Inglaterra para adaptarse a la sociedad; aunque sin éxito. Así llegué al corazón oscuro y húmedo del África, por accidente. Y regresé. A pesar de poder desenvolverme sin problemas en la Inglaterra posvictoriana, preferí atender al llamado salvaje, y regresé a la selva. Tarzán de los Monos, creo que era el título.

El éxito de esta historia alentó a Burroughs a escribir una serie con el mismo personaje, y en 1918 recibió un millón de dólares por la adaptación cinematográfica de Tarzán. Para 1926 –con sólo quince años de escritor– había ganado alrededor de 100 millones.

El 19 de mayo de 1950 Burroughs fallece en California a los 75 años de edad. Desde entonces cientos de millones recorrimos los mundos que él soñó, vivimos las aventuras más peligrosas y hemos permitido que germinen las fantasías que él prefirió callar; los epílogos más diversos.

Cincuenta y nueve años después de su muerte, Burroughs es considerado un visionario que consiguió hilvanar un conjunto de mitos arquetípicos con la trama excitante e irresistible de las aventuras de su personaje; o un vendedor ambulante al borde del alcoholismo que creyó no tener mucho para perder, y se tuvo fe.

miércoles, 8 de abril de 2009

Todo el horror que se pudo hallar


El Umbral de las Tinieblas

Carlos María Federici

Hay entre los cuentos de H. P. Lovecraft uno que, durante varios años, fue mi preferido: «Los sueños de la casa de la bruja.». Federici se ganó mi corazón desde que puso en escena un perturbador ajedrez con espantosas piezas y el vértigo de una geometría equívoca en su tablero. Con esta sencilla utilería convocó y superó el horror que me inspirara el referido cuento de Lovecraft.
Y mientras hacía todo esto, se las ingenió para que este ajedrez se erigiera en símbolo de toda la novela, y quintaesencia de cada posible argumento de horror sobrenatural o ciencia ficción (supongo que hay una diferencia, por ahí entre ambas categorías).

«El Umbral de las tinieblas» de Carlos María Federici es una obra casi imprescindible. Y el adverbio “casi” tiene aquí dimensiones considerables.

¿Qué me impulsa a calificar así esta novela folletinesca?
En primer lugar que la obra está orgullosa de ser un género menor cuya finalidad principal es recreativa.

En segundo término, el autor constituye un loable compendio de Horror Sobrenatural, incluyendo absolutamente todos –racismo incluido– los elementos tradicionales del género, incorporados a un única trama. Decir “incorporados” nos es del todo justo con Federici. Pero es necesario, pues a pesar del notorio esfuerzo del autor, en muchas partes se ven las hilachas con que están pegados los remiendos, y la amalgama de argumentos se vuelve artificial.

Tercero: más de una vez me he inclinado a creer que no existe una literatura Oriental (de la República Oriental, aclaro, por si alguien vive en algún rincón distante), y así lo afirmo a veces. Hay, sin embargo, un puñado de escritores, muy pocos, dos o tres, que me hacen dudar. Federici conjuró ese sentimiento, al igual que Fábregat Cúneo y Felisberto Hernández.

Por fuerza me parece interesante, entonces, la obra, en pos de esa quintaesencia que llamo uruguayez literaria, y que persigo, sólo por ociosa curiosidad, cuando pinta; con la esporádica esperanza de encontrar en ella una punta de la uruguayez total, y dar, con tal consecución, un paso hacia la comprensión del ser humano.

Y por último –no puedo escatimarle esto– en varios pasajes Federici consigue superar y complementar a los maestros del recurso que utiliza. No es posible dar muchos ejemplos sin adelantar la trama de la novela, pero sí puedo mencionar algún ejemplo de Lovecraft.
En este sentido, Federici consigue dar sustancia concreta a una cantidad de adjetivos que Lovecraft utiliza con eficacia inmejorable, pero que dejan, a lo largo de las páginas, una sensación de liviandad, de recurso abusado. No es posible apelar constantemente a lo inefable de la realidad narrada, pues si es así, mejor sería dejar la literatura y dedicarse a otras artesanías. Federici da sustancia a ese horror. Un ejemplo pequeño:

“Me dio la espalda y reemprendió el descenso. Por fin alcanzamos el tramo final de la escalera. Un hedor denso y dulzón, con sugerencias de larvas y descomposición, me sacudió hasta la náusea.”

Hay incluso una escena aludiendo a la necrofagia que HPL convocara con tanta frecuencia, donde el horror es llevado a su cima con maestría por la mano del autor. Es la cita que sigue. Pueden saltarla y retomar la lectura más abajo, en el caso de que tengan pensado leerla directamente en el texto original, tan difícil de encontrar hoy en día (en el siniestro formato de libro prohibido, claro, pues hay otras opciones). Un ejemplo más grande:

“Me aventuré con el barón en su interior. Tuve que taparme la nariz con el pañuelo, pues aquí la fetidez ya resultaba insoportable. Nada podría sobrevivir en un ambiente semejante; ni siquiera cucarachas o ratas.

Por eso mismo, me dije, aquello debió haber estado a salvo...; y no obstante no había sido así.

–¡Dios del ...! –barboté, bajo el pañuelo.

A la luz incierta del farol del barón, la momia de Elizabeth Bathory recataba parte de su horror. Aquella carne endurecida mediante algún método desconocido, aquellos rasgos alterados hasta una imprecisión entre lo horrible y lo grotesco, se hundían en el compasivo velo de la semipenumbra. Los colgajos de ropa que aún subsistían habían perdido casi por completo el color; sin embargo, pude distinguir el escudo nobiliario, aunque muy vagamente, en uno de los harapos.

Entonces el barón, implacable, se aproximó con la luz en alto. Estiró el brazo para alcanzar el detalle más espantoso de todos con la despiadada revelación lumínica.

–¿Quería ver? ¡Vea, entonces!

Grité.
Lamento verme precisado a confesarlo; sé que no fue muy masculino y mucho menos propio de mi carácter, pero no pude contenerlo. ¡Aquello sobrepasaba todos los límites del horror más obsceno!

Porque en el momificado cadáver se veían sectores descarnados donde afloraba el hueso desnudo; y no cabía duda de que eso se debía a alguna razón infernal..., que no me atrevía a encarar abiertamente, aunque algo la proclamaba en lo más profundo de mí.
–Mi abuelo –oí decir a la voz grave del barón–. Larios Bathory..., ¡el necrófago!”

Al final encuentro aquí un Cthulhu, aunque ficticio, más espeluznante que las alucinadas atmósferas de Lovecraft. ¿Debo buscar allí los rastros esquivos de la Orientalidad?

viernes, 17 de octubre de 2008

Supporting roles

Leo un libro que es muy divertido. Fausto. Veo la puesta en escena. Embelesado. Casi no puedo imaginar el placer de escucharlo en verso.
No me atrevo a figurarme escuchándolos, además, en alemán.
Me asustan un poco el Homúnculo, y la ausencia de espejos.
Las Madres me dan curiosidad. Y encuentro que Mefistófeles se parece a Goethe. Dios es Dios.

miércoles, 9 de abril de 2008

Dios A Muerto

Adiós Diómedes

Leandro Delgado


Las primeras novelas de los buenos escritores son difíciles de clasificar. Un buen escritor es aquel que quiere ser serlo, tanto en el contexto de una opera prima como de una larga producción. Aquel que nunca pierde de vista el Sho-shin.

Es difícil clasificarlas porque no son fáciles de comparar con otras. Tienen algo muy rico, usualmente camuflado de impericia, o quizás producto en parte de cierta impericia, que las hace obras frescas, únicas. Me encantan las operas primas.

El propio autor, en un autorreportaje que Diómedes López se realiza, da en clavo de qué es lo que tienen estas obras, o mejor dicho cuál es el lastre que impide a las siguientes levantar vuelo: «...la profesionalización [del arte], ese cáncer disfrazado de médico.»

«Adiós Diómedes» narra en primera persona, y con esa fuerza antes dicha, la vida de un joven montevideano, nacido sobre el final de la década de los sesenta. La vida de este personaje innominado transita las etapas comunes que cabría esperar: primero idealiza, viene luego la caída hacia el Lado de los Siths (en este caso el abuso de drogas); es más o menos rescatado de allí por una mujer que lo ama. Nihilismo. Encierro en sí mismo. Reconciliación con el mundo, o al menos aceptación de él como parte del mismo. Y al final, bueno, una lucha con sus propias ilusiones. La batalla final, sí.

En principio el libro no narra la historia de Diómedes López como promete, si no la de este joven, amigo de Diómedes, que cada tanto lo reencuentra. Sin embargo, está claro (aunque planteado con mucha sutileza, y hasta maestría en ocasiones) que de alguna forma Diómedes López y el narrador son una sola persona.

Mejor dicho, Diómedes es el ideal de vida del narrador. Sus aspiraciones a priori. El ideal de una época. La novela comienza siendo ambos adolescentes, y coincidiendo. A medida que el texto avanza, estas dos personas se disocian y evolucionan separadamente. Cada tanto el narrador vuelve a encontrarse cara a cara con aquel que quiso ser, o que debió haber sido, y coincide con él nuevamente por un tiempo, del cual, siempre, va a salir cambiado. Por esto, es inevitable la lucha final entre ambos.

Hay alguna reminiscencia de El retrato de Dorian Gray en los encuentros entre Diómedes y el narrador. Una tensión que evoca el pulso de Dorian descorriendo la tela para echarse un vistazo.

Lo ordinario de la vida del narrador tiende a hacernos ver un retrato generacional. Retrato que, si existiera, sería fiel, pero ineficaz. Ineficaz en el sentido que está armado más como un espejo que como retrato. Necesita el reflejo de alguien que pertenezca a esa generación para que aparezca un rostro en ese lienzo.

Me he preguntado a quién está dirigido «Adiós, Diómedes». Delgado no se toma el trabajo de guiar al lector por ciertos pasajes, por ciertos ambientes. El lector debe conocerlos de antemano. El autor intenta convocar lugares por la sola mención de sus nombres, de sus tiempos. Personalmente me gusta que una obra luzca así. Pero siempre que el autor esté por detrás, creando a su lector ideal, sin que se note. Que tienda hilos sutiles, que encienda pequeñas luminarias, disimuladas en los zócalos. Me da la sensación que hay que ser muy montevideano para no perderse mucho del sabor de «Adiós Diómedes».

El punto flojo que tiene la novela son los diálogos. No se logra casi nunca el tono conversacional. Creo que están demasiado literales. Escritos casi como parlamentos. Y un diálogo literario, no lo es. Además Delgado abusa de un recurso, para marcar los silencios, que no me gusta: se utiliza una entrada de diálogo con tres puntos (–...) y a continuación sigue hablando quien venía haciéndolo.

Este recurso se repite mucho y, además de no ser estético, ni funcional, desaprovecha esos silencios, que por otra parte no consigue siquiera crear del todo.

Esto está relacionado con otra característica inadecuada de los diágolos: la falta de atribuciones dialogísticas. No hay una en toda la novela. Evidentemente adrede, y buscando algún efecto; un efecto que no se consigue.

Suele ser innecesario prescindir de estas atribuciones. Se me ocurre que quizá Delgado intenta dejar al lector solo, espiando la conversación de los personajes. Esto, sin embargo, ocurre siempre en un diálogo literario. Si las atribuciones dialogísticas son adecuadas, si están colocadas con arte, el lector está a solas con los dialogantes, siempre. Y además, esas pequeñas frases devuelven al lenguaje las características que pierde al pasar del habla al escrito.
Stepen King tiene un capítulo al respecto que es muy entretenido. Recuerdo ahora, por ejemplo, que prohibe, prohibe bajo pena de muerte incluir adverbios de modo en los diálogos.

Delgado tiene, en cambio, gran habilidad para la creación de personajes. Con unos pocos trazos consigue delinearlos de forma muy nítida. No hay un sólo personaje por más accesorio que resulte que no tenga entidad propia. Es un gran logro, y suele ser una marca de buena literatura.

Pero hay muchos otros aciertos. En determinado momento Diómedes se hace un autorreportaje que tiene una interesante densidad filosófica. Apenas cuatro páginas, sobre las que es inevitable volver. Este recurso, además, que Delgado utiliza para formular unos principios que tienen el mérito de nunca perder el aire de pregunta, es muy adecuado.

La novela ofrece algunas imagenes muy fuertes. La mencionada batalla final, por ejemplo. O la subyugante pintura de grafitis surrealistas que el narrador hace en las paredes interiores de toda su casa, como paso previo a su aceptación como parte del mundo.

Esta escena recuerda a «El pintor de batallas» de Pérez-Reverte. Pero por contraste, ya que, aún siendo el mismo recurso, es justamente lo opuesto.

Dios A Muerto. Así se llama la banda musical de Diómedes López. Un nombre que se sugiere plagiado; y es que hay mucho de la ética hacker en Diómedes. Diómedes, en cierto sentido es una exaltación de esta ética. Dios A Muerto. Así prodría llamarse la novela. Imagino que Delgado consideró esa posiblidad. Quizá me gustaría más ese nombre, si no fuera que Adiós Diómedes es la línea que falta para iluminar toda la obra.

No he dejado de intentar imaginarme cómo suena la banda. Y un poco me la imagino así, con ese sonido a ensayo que tiene esta canción con letra de García Lorca; sólo que Diómedes no hubiera dicho jamás que era de García Lorca.




Y sólo para ejercer mejor mi subjetividad, y para seguir con La Trampa, estos versos sí los podría haber escrito Diómedes:

Írrito, nulo, disuelto
y por siempre sin valor
así declaro el dolor
del que hoy me libro resuelto.
Ni siquiera espero el vuelto
es cuestión de dignidad
prefiero la liviandad
de andar sin cruz en mis hombros.
Y así, sobre mis escombros
declaro mi libertad.


martes, 11 de marzo de 2008

Sí, nos lo merecíamos


Primero lo importante:


La Reggis que es muy cariñosa aunque se haga la rebelde, nos mandó un premio. Y yo, como todo aquel que rechaza los premios siempre que no los recibe, lo acepto encantado. Además, siempre aspiré a que la gracia de este lugar esté más en los comentarios que en los posts, y creo que es así. Por eso, el cariño de la Reggis no es sólo para mí, sino para todos los que aquí vienen. Salú para todos. Y Gracias Reggis.

(Ah! tengo que elegir a mis vez 5 ganadores, pero no tengo plazo ni apuro; además esta progresión geométrica de potencia 5, asusta un poco... )




La Seriedad
Andrés Ehrenhaus

Algunos libros están hechos de metáforas, hermosas en su luminosidad, otros se alimentan de la dimensión arquetípica de lo cotidiano. Los hay que encierran entre sus páginas viejas el ambiente cargado de fragancias y sonidos en el que se desarrolla la vida lenta e inexorable y tan igual, y tan ignorante de su igualdad. Algunos reviven épocas extintas y otros exprimen a sus autores hasta sacar de ellos el futuro en el que creen.

Muchos libros juegan todas las bazas al misterio, potencia irresistible para la naturaleza humana, y toman forma, o bien de trama policial, o se aprovechan del extrañamiento, de lo abstruso y enigmático de las ideas que no se exhiben sino tras un antifaz. Algunos viven gracias al latido de los corazones de sus personajes, tan pertinaces que siguen latiendo después que la última página fue vuelta con esa indecisión entre tristeza y satisfacción que suele dejar el final de un buen libro.

Personajes que siguen su carrera fuera de las historias que sus demiurgos idearon para ellos: Capitanes Ahab, Condes Drácula, Tarzanes, Dartagnanes, Holmeses (?), pero también, Boubard, Pecuchet, don Quijote. Se podría seguir ad infinitum.

Algunos libros viven de la fama de sus autores, otros sucumben a la penetración filmográfica, y algunos -pocos- viven gracias a ella.

Y aún, entre todas estas excusas, hay libros construidos de lenguaje. Es el caso, tal vez de «El Prado de los Monstruos» de Fernando Royuela, y es, sin duda, el caso de «La Seriedad», volumen de relatos de Andrés Eherenhaus. Una obra de un humor frontal y sutil al mismo tiempo, en el que más de una vez uno no sabe si sonreír o preocuparse.

Este pequeño libro de apenas ciento cincuenta páginas, ofrece seis relatos excelentes, en los que el lenguaje es elemento principal. Ninguno de los relatos es acerca del lenguaje, no hay ningún personaje que sea escritor, ni profesor universitario (de hecho, si algún día soy escritor, pido a quienes estén ahí y me quieran, que me hagan desistir de cualquier intento de ser profesor universitario, ni siquiera profesor doméstico; aliéntenme, en cambio, a gustar de las corridas de toros, a ser mujeriego y misógino a la vez, un poco alcohólico, a disfrutar de la caza, tener un rifle, y sugiéranme una barba hirsuta, o conmínenme al rasurado ante la falta de abundancia capilar, o cosas por el estilo. Ante la menor duda, insistan en que la homosexualidad está demodé.)

No hay escritores, decía y ni siquiera periodistas en los cuentos de «La Seriedad».

Así comienza, por ejemplo «Un hogar violentado».

«Días pasados, ignoramos por qué medios y con la colaboración de quién, se introduce en nuestro hogar un conejo enano, de pelambre blanca, orejas grises y una pequeña y difusa mota también gris en el lomo. Al detectarlo, procedemos inmediatamente a su reducción. Quién lo detecta es mi hijo menor, que a su vez sugiere la posibilidad de usar unas vieja jaula de canario para su eventual confinamiento. Ante la falta de otras opciones, instalamos al intruso en el que fuera, hasta el momento de su defunción, habitáculo del canario pinto denominado Esterjaci. Le proporcionamos, asimismo, agua fresca y comida. Dada la propensión de estos roedores a deponer sin freno, cubrimos el suelo de la jaula con serraduras de viruta y madera, también llamadas serrín, o aserrín.»

El autor busca sorprender a cada momento, y lo logra casi siempre. No permite que el lector se deje llevar en automático. En general uno espera que el autor pase desapercibido en la lectura. Es un rasgo considerado de buena escritura. Coincido. Aquí, sin embargo, Eherenhaus se muestra a cada momento, es imposible sentir que no está allí, y, hay que reconocerlo, el resultado es eficaz.
Como varios escritores, Eherenhaus es también traductor, y ese hurgar en varias lenguas, esa necesidad de buscar correspondencias donde no siempre las hay, es seguramente la alberca donde abreva su estilo, más que en las influencias de los autores traducidos.

Ya tuvimos, hace un tiempo, un fragmento de otro de los cuentos de este volúmen: «Cosmos somos». Es una buena lectura. Un libro de humor hecho de lenguaje. Recomiéndolo.

jueves, 7 de febrero de 2008

Tu verdadero nombre

El dominico blanco

Gustav Meyrink

Al leer «El Dominico Blanco», se tiene en las manos el testamento esotérico de Gustav Meyrink; todo lo que querría decirnos está allí, en las páginas del libro, planteado en forma simbólica, a modo de enigmas que deben resolverse. Y aunque el simbolismo de la novela es excesivo, la contundencia de su enseñanza esotérica compensa ésta y otras debilidades que pudiera tener.

La historia, situada a fines del siglo XIX, narra la vida de Christopher Taubenschlag, un niño expósito, criado en la iglesia de una pequeña ciudad que, si bien no se identifica, podría estar ubicada en la región de Normandía.

El pequeño es adoptado por un raro personaje: el barón von Jöcher, farolero honorario, encargado de encender los faroles al anochecer y apagarlos a la salida del sol. A partir de ese momento, comienza un viaje iniciático en el cual el protagonista va evolucionando interiormente (en algún sentido que, a medida que el texto avanza, se va volviendo cada vez más confuso).

Están presentes todos los tópicos habituales de la obra de Meyrink: la enseñanza esotérica, el desdoblamiento hacia un plano astral durante el sueño, el tema del doble, la idealización de la mujer amada, los ataques contra el espiritismo y contra la teosofía. Todo está allí, y aunque por momentos Meyrink parece más franco y más didáctico que en otras de sus novelas, también hay que decir que casi en ningún momento se alcanza en esta obra la calidad literaria de «El Golem», la obra más importante del autor.

La novela no admite otra forma de lectura que no sea la del simbolismo, y por lo tanto es directamente un texto con finalidades didácticas. Tanto lo es, que en varios pasajes la lectura se vuelve densa y la trama se desdibuja por completo, pareciendo más un ensayo que un texto narrativo. Sin embargo, tras los símbolos que Meyrink propone –no siempre en forma exitosa –se intuye una profundidad que anima a continuar la lectura. E incluso, por qué no, invita a un a relectura de algunos pasajes.

Dentro de este simbolismo desaforado, Meyrink otorga una importancia exagerada al nombre del personaje principal Christopher Taubenschlag, importancia que si alguna vez tuvo, la ha perdido desde el lejano 1924 en que la obra fue escrita, hasta ahora. «Christopher» hace referencia a la leyenda de San Crisóbal y «Taubenschlag» significa en alemán “Palomar”, y el autor parece aludir a cierto estado de conciencia en el cual el personaje permanece “inmóvil” –en un sentido poco claro. Esta imagen hace recordar a algunas descripciones del estado de conciencia propio del zen, pero resulta ineficaz –no por carecer de plasticidad sino por la oscuridad de su contenido –y parece injustificada la insistencia que Meyrink hace sobre ello. Este simbolismo en los nombres, está en línea directa con uno de los principios básicos de la magia, que se menciona en la novela, según el cual, conocer el verdadero nombre de las cosas, da poder sobre ellas.

Desde el punto de vista literario, la novela tiene dos partes bien definidas. La infancia de Christopher, donde Meyrink logra descripciones de la vida en la ciudad que alcanzan cotas altísimas de belleza casi epifánica (e incluso logra aproximarse a la belleza de «El Golem», que se desplazaba por las calles estrechas de la judería de Praga). Y luego, la evolución interior del joven, donde se muestra excesivamente didáctico, y se extiende en larguísimas explicaciones esotéricas, que tienen la virtud, eso sí, de diferenciarse del ingenuo esoterismo doméstico de hoy en día. Queda claro que no se trata de un juego de heavy-metals trasnochados.

Sobre el final, aparece una imagen que va a persistir en las últimas páginas: la Cabeza de la Medusa. No está claro qué significa esta imagen. Lo más probable es que otra vez Meyrink haga referencia a las filosofías orientales, y se esté refiriendo a lo que los budistas llaman “ilusión”, que en occidente puede ser comprendido como la interpretación del mundo que el occidental hace permanentemente a través de la información percibida por los sentidos. Christopher Taubenschlag no cae preso de las ilusiones de la Cabeza de la Medusa, sino que de alguna forma alcanza la percepción directa del mundo. Sin embargo, es lícito sospechar que a esas alturas a nadie le interesará mucho lo que pase con el protagonista, y esto es responsabilidad del autor, que no consigue aunar una historia interesante, con la revelación de sus enseñanzas.

Los interesados en lo esotérico van a disfrutar la lectura de «El Dominico Blanco». Es una novela interesante, llena de símbolos que deben ser descifrados, como la mencionada Cabeza de la Medusa, el oficio del padre adoptivo de Christopher, el propio Dominico Blanco, y un gran número de elementos convocados por Meynrik para esta obra. Hay interesantes pasajes sobre el mundo astral, sobre la reencarnación. El espiritismo, tan de moda por aquellos años, es denostado por Meyrink.

En definitiva, se trata de una novela recomendable en la que hay pasajes de buena literatura, y sobre el final la mística copa demasiado la parada. Es difícil saber si el tiempo ha separado por completo esta obra del espíritu del lector, o si, por el contrario, ha otorgado una perspectiva que abre acceso a una profundidad que el lector contemporáneo de Meyrink no podía alcanzar. En cualquier caso, que eso lo decida cada uno.

Cabe destacar, sí, que no se trata de una obra de autoayuda, al menos no en el sentido de entrecasa que tienen las decenas de libros que han tomado por asalto grandes espacios de las librerías (se diría, casi, que entre éstas, y las perennes obras completas de Benedetti, han agotado la capacidad del catálogo). Digamos que el hombre sabía algunas cosas. Y al menos se esforzaba por escribir bien, que no es poco.

lunes, 24 de diciembre de 2007

Había olvidado esa esacalera

La lectura de un libro es una experiencia irrepetible. Por fortuna. Lo es, por el libro en sí; lo es por la cantidad de veces que lo hayamos leído, pero también por las lecturas inmediatamente anteriores de otros libros. Y, aunque parezca raro, posteriores; por la sencilla razón de que toda reflexión sobre la experiencia se da a posteriori, y la fruición es un acto reflexivo.

Incluso los acontecimientos vitales de los días próximos o lejanos, contribuyen a formar ese momento irrepetible. Es cierto lo que dice Borges, cada lectura tiene su momento, y no puede ser forzada.

Hay una ley que gobierna la lectura. De alguna forma, los libros llegan a nuestras manos con cierto orden, que el apresurado llamaría aleatorio (aunque no sin vacilar), y es cierto también que luego de acabar con uno, el alma siente predisposición a tal o cual, muchas veces sin causas claras.

Hace unos días me pasó algo que sólo ocurre cada tanto, y por esta infrecuencia, así como por el número de factores, internos y exteriores, que es preciso concertar para que ocurra, lo valoro con cariño: comencé a leer un libro y me fue imposible detenerme.

Venía yo de ciertas lecturas, quizá crudas –en alguna acepción que no sé si la palabra tiene –y, me encaré a las que aún me aguardaban apiladas en una mesita del living (en vez de mesita podríamos decir una caja).

Puesto de tal guisa ante mi destino, de pie ante mi doméstico jardín de los senderos que se bifurcan, dije vos mismo, vení para acá. Así comencé a leer La motocyclette (una generosa recomendación factual de Jahey) de André Pieyre de Mandiargues (mucho gusto, encantado, Zeta). Y no lo pude dejar de leer. Pasaron las horas. Tres. Y yo seguía posponiendo mis quehaceres con una voz en background que los fijaba para el final de la siguiente media hora, una y otra vez.

La novela es el viaje de una joven de diecinueve años montada a una Harley Davidson negra, entre Haguenau, en Alsacia, y Heidelberg, al borde de la Selva Negra. La chica sale al alba enfundada en un traje negro de motociclista (sólo lleva debajo una bombacha de nylon color piel, por la cual se alegra al recordar que unos días atrás, ni siquiera eso llevaba) dejando a su esposo durmiendo en la cama, para encontrarse con su amante.

Quizá contribuyó a encantarme que yo hubiera hecho hace poco tiempo, el camino exactamente inverso, desde Heidelberg hasta Strasbourg, en circunstancias que por diversos motivos, hoy son muy especiales para mí. Puede haber influido en especial Heidelberg, ya que producto de nuestra imprevisión, varios extravíos, de algo inefable, y de la falta de hospedaje estándar, nos alojamos en el Hotel am Schloβ (en la Zwingerstraβe que no es sino la calle de la Perrera) prendido a la ladera sur del río Neckar, a los pies del castillo de Heidelberg, con vistas a la Heiliggeistkirche primero (iglesia del Espíritu Santo), al río más atrás, al Alte Brücke y al Paseo de los Filósofos (Philosophenweg); a las luces más cercanas de la ciudad antigua, y a las más nuevas a lo lejos, cuando caía la noche y nos sentábamos en la terraza que balconeaba la ladera empinada.

Tal vez disfruté tanto la lectura porque me acuerdo aún de las curvas que escalaban la Selva Negra. Y sin duda porque una circunstancia similar a la de Heidelberg nos puso en Strasbourg en el Hôtel Suisse, con vistas a la catedral de Strasbourg, a escasos cien metros (cómo nos habituamos a las belles vues!).

Claro que no conducía una motocicleta Harley Davidson entonces, sino un Ford Fiesta, apropiado y eficiente (nos habían prometido un Opel Astra, pero, por alemanas razones que escasamente comprendí, hubo cambio de planes).

Ahora, lo más curioso de todo esto es que jamás me interesaron las motocicletas. Nunca he subido a una.

Miento, anduve una vez en Marindia –hace como veinticinco años –en la parte de atrás de una motito de esas que van propulsadas por un ruido a batidora, con el exnovio de una exprima (que sigue siéndolo, pero que no la veo hace años). Y también, sí, es cierto, en épocas ya más adultas, he sido acompañante de Morihei, en una moto respetable. Pero nunca me interesaron estos aparatos. En una época solía incluso desestimular a la gente a andar en moto.

Y fijate que viajando junto a Pieyre de Mandiargues por las rutas alsacianas y por la Selva Negra, sentí (lo repito: SENTI) el vértigo de la velocidad en el rostro y en el estómago, la vibración del motor entre mis muslos apretados contra el tanque de nafta; vi desintegrarse a mi alrededor todo vestigio de inmovilidad, casas, árboles, toda referencia espacial, vi un túnel, y un universo al final; estuve fuera del espacio, escapando a las leyes vitales que parecen inexorables al pedestre, pero que son nada a 150 km/h, recostado contra el cuerpo tibio de la Harley. Y sentí la necesidad de girar mi muñeca y dar más gas, y después de cierto punto la velocidad es poca siempre, así como para el alcohólico un vaso debe seguir a otro, porque a esas velocidades, tampoco la velocidad existe.

A pesar de tener la tranquilidad que me proporcionaba el freno de dirección (cuya existencia jamás hubiera sospechado antes de subir a la Harley y comprender lo fatal que puede ser la menor, la más alemana de las imperfecciones de la ruta a 170 km/h) a pesar de ese seguro, sentí miedo. Miedo de tener que volver a desplazarme a paso de peatón (tal vez es por eso que nunca me gustaron las motos, sólo que ahora lo sé). Miedo a no poder parar de acelerar.

Preferiría no saber cual de todas estas causas hicieron de mi lectura una experiencia tan especial. Y me queda aún una más: es muy probable que al leer en una lengua que no me pertenece, haya podido escapar al rígido y sutil corsé de la gramática, que es existencia, y por lo tanto, esta historia haya llegado hasta mí como pura esencia.

Es posible que haya burlado la admonición con que comienza un párrafo introductorio a La motocyclette, advirtiendo que toda narración es un ensueño vaciado en las formas del lenguaje.

La novela en sí comienza con un parágrafo extraído del Metzengerstein de Poe, que a su vez comienza con una cita de Martin Lutero. Así, cada uno va anteponiendo a los episodios de su vida, palabras de otros libros, de otras vidas. Todos nos remitimos sin remedio a una causa primera, una o dos, unas pocas en cualquier caso.

Dejo por acá. Este post está saliendo demasiado res non verba.
Salú. Pasen bien.