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jueves, 10 de noviembre de 2011

Karaoke +

Una interpretación pegadiza de Antonella, desde detrás de las cámaras. Mejor que el original.



martes, 1 de febrero de 2011

Terrible Luz

Cada vez tengo más claro lo terrible y lo cierto de la promesa que un grupo de dioses bromistas le hicieron a Aquiles. Sobre todo lo terrible. Y lo cierto. También lo cierto. Confabularon, rieron, anticipándose a la resaca de ambrosía se codearon. Al final, cuando lo vieron bajar hacia el río, se acercaron y dijeron que debía elegir: una vida breve, intensa -como la luz en el fondo de tus ojos, pensé yo- morir joven y ganar gloria eterna, o bien morir de edad, el cuerpo hundido por el peso, tendido en una cama con olor a muerte, después de una vida larga y tranquila. Aguantando la risa, los dioses se fueron, olvidando en su borrachera, que su palabra es ley; lo fue y lo será. Pero sólo yo sé que sin querer, por descuido, para explicarle mejor al héroe, crearon también una luz breve e intensa. Terrible. Y sé donde está.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Tres pajaritos

Jamás había notado la magia de esto. Me faltaba respirar el caribe al atardecer. Ahora sí.


martes, 20 de mayo de 2008

Qué vas a hacer ahora

Te invito a una lágrima en el café de aquella noche clara
a no olvidar jamás el bautismo de la lluvia disfrazada de rocío
A unirnos a aquel llanto silencioso del Valhalla
hasta llenar de risas el vacío.
Te invito a ser mi parte más brillante
te invito a ser niña por un rato
y acompañarme a pisar todos los charcos la plaza,
a correr haciendo ruido de noche en los pasillos
a jugar a ser sombra en la escalera de tu casa
a visitar todos los sitios que los amantes olvidaron
apurados, en la guantera del estío,
a desterrar el frío dejando de existir sobre el sofá del living.
Te invito a inventarnos algo para cada día
sin inventarnos nada.

La veo a través del cristal del hall. Está de espaldas, en la vereda. Fuma. Y me espera. Me demoro un poco. Pregunto algo sin importancia en la recepción del hotel; pero no escucho ni miro al hombre que me contesta. Sólo quiero robarle esa imagen un momento más. De eso se trata todo, de robar momentos. Me encanta. Me enloquece el vértigo de sus curvas. Quiero perderme en el bosque de jazmines de su pelo negro. Inmolar el futuro a la suavidad de mis dedos en su mejilla. Me acerco hasta la puerta saboreando cada paso. Recorriendo cada curva perfecta del contraluz de su cuerpo, que aún recuerdo desnudo contra el mío un mes atrás. No con imágenes sino en la memoria corporal de nuestros vientres acariciándose al mismo ritmo. Parece dibujada para mí, pienso. Poco tiempo pasará hasta que me pregunte. Hasta que le pregunte. Hasta que me conteste.

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Todavía conservo en la yema de mis dedos el tacto ingrávido de su piel. La memoria física de esa suavidad que estaba en su espalda y estaba en mis manos. Hay algo sobrenatural en ella, pensé, recuerdo, mientras dibujaba dos promesas en su espalda.
Desde entonces, todas las cosas que toco me parecen ásperas, secas.

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Ser la luz que hace brillar tu cielo de mayo.
El sol que cada tarde se acuesta en tu ventana.
La bruma de una mañana de otoño
y el ocre y el bordó de las horas del parque.
El misterio de una noche,
tu guía y tu asaltante.
Estuve en la ciudad más triste y fue feliz.
La más suave, la más abrigada.

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Hay encuentros que no se debieran tener. Ritos que hay que evitar celebrar. Existen abismos a los cuales uno no debe asomarse. ¿Cómo llegué hasta esa noche que pasó deslizándose sobre la seda húmeda de su cuerpo temblando bajo mis manos? ¿Cuándo permití que la hondura líquida de esa mirada me robara la luz de las cosas? Presiento que sólo el pulso arrebolándose en su pecho puede devolver su brillo al mundo. Voy a desatar el nudo que retiene prisionera a su alma. Y después abrigarla.
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Me atormenta una imagen. Es una de las imágenes más hermosas que he tenido. Una mujer acostada a mi lado; apoya el codo izquierdo sobre la cama y sostiene sobre su palma un rostro que no es de este mundo. Recién se despierta y tiene el cabello revuelto. Me sonríe. Me sonríe con una mirada que no había visto jamás en otra mujer. Me sonríe con la curva inocente y sensual de sus labios. Me detengo en su cuello donde me he entregado inerme en momentos que por suerte ella no ha notado. La sábana la cubre de la cintura a los pies y sus senos dibujan una forma perfecta que humedece los labios de mis ojos. En la punta erizada de su piel hay una dulzura y una fuerza sexual que me desconcierta y me cautiva. Y bajo las sábanas adivino las curvas voluptuosas que se elevan desde su cintura y que amenazan con perderme a cada momento. Toda la imagen me sonríe. Toda la imagen me provoca. Quiere jugar. Me dice acá estoy. Vos me pediste y estoy acá. Qué vas a hacer ahora. Hay una potencia subyugante en la fragilidad de cada rasgo. Me atraviesa la conciencia de la inmensa unidad de esa criatura. Hay fuerza y necesidad. Tanto para abrigar. Me doy cuenta de que podemos ir muy lejos. Comprendo que también puede destruirme. Me pregunto cómo es posible. Somos tan parecidos a veces. Me asusta. Me veo entregándole la palabra que desnuda mi alma. La intuyo capaz de un amor igual al mío y me niego a no tenerlo jamás.
Me pierdo, acostado a su lado, jugando al futuro.
No me basta el momento. Lo disfruto. Pero no puedo sustraerme a la idea de que hay algo grande y azul flotando en el aire a nuestro alrededor. Yo me doy cuenta. Y siento una punzada bajo las costillas al aceptar que ella no quiere verlo.
Llueve mucho.
Sí, ya sé. Yo la invoqué.
Hay ritos que no debieran celebrarse nunca.

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Me marcho de la habitación sintiendo que me quedo parado en una esquina viendo cómo se aleja una criatura mágica; una ninfa o una lamia. Mágica para mí, hambrienta de la misma frugalidad serena y diaria que busco. No puedo retenerla contra su voluntad, me consuelo. No. Es mentira. No me consuelo. La espío alejarse para adivinar si se vuelve, si descubro esa señal de que espera que vaya a rescatarla, que desea que la invite a jugar conmigo. Pero no veo ese gesto, no más allá de las trampas que me tiende mi deseo de verlo.
Seguiré yo, solo, intentando descifrar el sentido de las cosas que me rodean. Por un momento, en la cantina española me pareció que lo había descifrado en el doblez de una servilleta. Pero fue una ilusión.

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Miro al fondo de sus ojos y veo que el tiempo no se detiene en sus alas de hada. Pasa, y sigue ofreciendo su amor eterno a quien pueda robárselo. Me voy. Me voy puertas adentro de mi alma a beber y derramar una o dos gotas pesadas. Me voy sin decirle por qué me enamora el sabor de su boca, por qué puedo morir en paz abrazado a su cintura, por qué puedo pasar todos los instantes que restan perdido en su perfume y dejar el mundo a un lado cada noche sumergiéndome en su interior. Apenas le digo que me vuelven loco sus plurales aspirados. Que me conmueve la fortaleza con que viste algunas veces. Me seduce hasta la locura su integridad. Me voy sin decirle que me enamora por sus debilidades que yo quiero guardar y atesorar y cubrir de besos, que intuyo que la amo porque la sé capaz de construir algo indestructible, y destruirlo. Porque me sé capaz. Y porque acá estamos para hacerlo. Añoro esa aura que nos acompañaría a cada uno a todos lados como luz y como coraza, de la forma que se añora lo que podría ser pero aún no es.

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En el ómnnbus me despierto y la busco.
Nadie la conocía.

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Parece una, pero es todas. La que tomó una lágrima aquella noche, a esa le entrego mi vida y no lo dudo. A la otra, a la que no se muere por mí. A esa, no.
Y, sin embargo, me la está robando día a día.

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Podría ser esa melodía que me voy tarareando cada mañana, sin darme cuenta; podría ser esa sonrisa que no sé que llevo. Y yo el brillo de la bruma del parque en las mañanas de otoño; la calma de su sueño calmo; la fiebre de sus madrugadas. Podría ser mi mujer. Y está ahí. Acostada a mi lado. La pintura más bella que jamás nadie imaginó. Y no lo sabe. No se da cuenta de lo que hace. A veces lo intuye en mis ojos, en mi sonrisa, en la lejanía de mis pensamientos. Pero no es consciente de como se arremolinan los colores en torno a su presencia, cómo los pliegues del mundo se desajan cuando ella está. Ni siquiera sospecha cómo me cautiva la riquísima frugalidad de sus sueños. Las imágenes que han pasado por sus ojos. Para que se de cuenta tengo que decírselo. Pero no quiero, porque me gusta así. Que pase y haga magia sin notarlo.

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La escucho. Está sentada en el sofá, su rostro se recorta en la noche de la ventana. Su rostro blanquísimo, sus labios cereza. Parece hablar de todo en el mismo tono. Pasa de decirme cómo le gusta el sexo a contarme su plato favorito o relatarme vivencias dramáticas, con simpleza. Pero no es así, su voz no es siempre la misma. Lo he descubierto. En algunas ocasiones, preciosas, en fragmentos de charlas, me descubrí cautivado. Este milagro de su arrebato es escaso, pero he aprendido a detectarlo desde el inicio. Hay algo en la voz que la delata. Algo como el sonido de una cascada en el fondo de mi oído. Shhh...

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Anoche me desvelé.
Y sin proponérmelo ni poder evitarlo, apareció en el aire negro de la habitación. Quieta. Desnuda. Con los ojos vendados.
Gemía.

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Suena el teléfono y es la mucama.
–Es tarde señor ¿necesita algo?
–¿Pero usted no se da cuenta que estoy jugando a que soy feliz!
(Ahora, mientras escribo, llega un mensaje a mi celular. No te olvides de seguir sufriendo por mí. Te quiero.)

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Desde antes de salir sabía que allá hay un frío sin viento, una gelidez inmóvil que duele y no piensa. Hay algo desparejo entre nosotros. No cuando estamos juntos, pero sí cuando no estamos. Mis manos quieren pintar los días en tonos del color de tu encendedor y las tuyas sólo fumarse un paquete de viceroy mientras dure el crepúsculo.
Mientras atravesamos los puestos camino al Monumento, no notaste las luminarias diminutas que iban encendiéndose entre los arbustos del parque a nuestro paso. Yo sí. Te hablaban. Pero vos no escuchaste. Ibas perdida en mí. En el problema inmenso que no te esperabas. Te hablaban. Y yo no entendí, porque no eran para mí los susurros de esos arbustos. El mundo puede ser un parque inmenso en otoño. El parque puede ser un mundo inmenso en otoño. Este otoño puede ser un parque inmenso en el mundo.
El departamento puede ser cálido. Y sin embargo hoy solo hay una ventana que mira hacia poniente.
No hay mucho más, solo el conjuro de una hechicera que se rinda y se deje atravesar por la corriente puede obrar un milagro en estas horas. Después, el crepúsculo habrá sido. Y la noche nos separará.

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Este cuaderno es no es más que un llanto.
La noche se ha vuelto humo de cigarrillos,
es inmensa y vacía. Y negra.
Vivo en la ciudad más vacía del mundo
y quise irme a la más cálida. Pero llegué en invierno.


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Acá, donde estoy parado, solía haber una mesa. No hablo, pero escucho el eco aún confundido golpeándose contra las paredes de las habitaciones. Buscando las cosas que deberían estar por todas partes y se han ido. Estoy desnudo con un pantalón de jean y una remera azul. Sobre las cuatro, cinco cajas de libros hay una botella con querosén y un encendedor violeta. Me acerco al vidrio. Bajo la ventana, veinte metros allá abajo, las formas de lanza de las rejas me preguntan. Trato de recordar en qué momento las paredes quedaron vacías, pero no lo consigo. Aún no la conozco.
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Me desperté y la busqué. Ahí está. Duerme a mi lado. En silencio. La miro y pienso en todas las cosas que confluyeron para que estemos hoy acá. Muchas más de las que ella intuye; muchas más que las que yo sé.
Piezas de relojería ajustando la geometría de su engranaje.
La veo dormir.
Me pregunto cómo es posible que dos cosas puedan parecerse así.
¿Cuántas noches hace que está durmiendo allí a mi lado? Y yo.

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Hoy encontré este cuaderno viejo.
Lo iba a tirar. Pero es de otra persona. De otro tiempo. No me atrevo.
Tan lejos están sus páginas de estas noches de ahora en que nos recostamos en el sofá, el uno en el otro, su cabeza en mi hombro, mi mano entre sus dedos.
Vuelvo a leer buscando donde se escondían, en aquellos días, todas estas risas, toda esta claridad, todas estas noches en que ahuyentamos nuestros miedos bajo las sábanas. Toda la sencillez del futuro.
Sonrío. Me llama.
Siento el aroma del hogar, el calor de la cena.
No sé qué dice pero me río a carcajadas. ¿Qué te pasa? pregunta, pero no puedo parar de reír y la contagio. Me abraza, estás loco, dice. Ja, estoy acá, respondo. Vos me pediste y acá estoy. Qué vas a hacer ahora.

martes, 1 de abril de 2008

No jugaba para no perder

Sin haber acabado aún de desgranar este Rosario de olvidos
Que se ha colado en mis maletas vacías
Junto al perfume de dos señales en rojo,
Ya sé qué voy a elegir:
Una gota de tus ojos que se te cayó hasta el piso
Y me mojó las entrañas salpicando una baldosa
Que va a testificar allí hasta el final de los fines.
Una salida sin cines, un Torino del revés.
Y elijo: tu cabeza hacia los pies,
Tu cintura en el oleaje,
Tu boca, cobrandome un peaje que ya no admite sobornos
Los adornos de tu risa
Un contrato a veinte siglos de arrugas en las camisas
Una foto en la repisa de mi noche,
Un verso que no te diré
El gusto a nunca de tu esquina
Y la bendición burlona,
Ante un asalto de hormigas,
De la mirada del Che.


Mi abuelo era libanés. Yo no lo conocí. Se murió cuando mi madre tenía siete. No conocí a ninguno de mis abuelos. Al paterno, no sé siquiera si mi viejo lo conoció. Creo que sí. Que una vez lo acompañé hasta la puerta de su casa.

Pero el materno, José Abraham, era libanés. La eternidad de su ausencia contribuyó a que no me interesara mucho por él. La única cosa de José Abraham que me he preguntado tres o cuatro veces en todos estos años que llevo acá, es por qué se vino a Uruguay. Para qué vino. Por qué va uno a los lugares adonde va.

Una de las cosas que hice en esta semana de ausencia fue pasar frente a un lugar llamado Arabian's King. Un nombre sospechoso, sí. Sobre todo para un local tan constreñido. Un árabe, vestido como en un McDonald's de Qattar me dijo: ¿qué vas a probar muchacho? Debí sospechar, pero me quedé pensando en Apu, el hindú del Kwik-e-mart. Aunque Apu no es árabe, ni libanés. Debí sospechar, sí. Pero para entonces ya me habían convidado con una empanadita triangular y ya había elegido mi cena.

Bueno, creo que en parte ya sé por qué se vino José Abraham. Dios me ha concedido el olvido de todos los nombres infames que llevan los potajes de esa cena. Y, de a poco, su sabor también me va abandonando, gracias a un líquido verde con el que hace cuatro noches que hago gargarismos.

Sólo persiste el recuerdo de los niños envueltos en hoja de parra, que después de un rato, cuando las imágenes del José Abraham épico se desvanecieron, tomaron propiamente el aspecto de unos soretitos de perro, y pensé, eso también lo recuerdo, que nunca había probado un plato de aspecto tan honesto.

Igual, saber por qué se vino José Abraham no puso fin a mi cuestiones. Ahora me pregunto para qué voy yo adonde voy. Porque también estuve en otros sitios durante la semana. Por ejemplo, se me ocurrió atravesar el país en medio de una revuelta campesina.

Siempre se va a buscar algo; por lo general algo de uno mismo. Y encontré algunos de esos pedazos, pero sin poder dejar de saber que toda llegada es imposible. Que se puede partir, pero no llegar. Y ahí está Moisés para testificarlo. Sólo los hijos emigrados consiguen llegar a la tierra prometida. Los emigrantes, siempre, mueren en el camino. Pero el desierto también es un lugar.

Y mientras pensaba en esto, hoy, hace un rato, descubrí por la casualidad más extraña que un escéptico pueda temer, que lo que yo quería decir, exactamente lo que quería decir para finalizar el post, ya estaba escrito, y sin que sobrara una sola línea.

Y además, está cantado en segunda persona, que es una forma que cada vez me gusta más. Sospecho que se aproxima el tiempo de la segunda persona, y discrepo con Astllr en que el Ensayo es el género literario del futuro. Intuyo, además, que el castellano no está construido para la literatura que viene. Excepto, tal vez, en la segunda persona.

Este es solo un post de regreso, porque aunque me dejé algunas cosas olvidadas por ahí, en parte regresé. Después termino de llegar y posteo Verba Non Res. Porque este me está saliendo totalmente al revés. (Vaya, este es el segundo post Res Non Verba, y en los dos hay una moto.)



lunes, 24 de diciembre de 2007

Había olvidado esa esacalera

La lectura de un libro es una experiencia irrepetible. Por fortuna. Lo es, por el libro en sí; lo es por la cantidad de veces que lo hayamos leído, pero también por las lecturas inmediatamente anteriores de otros libros. Y, aunque parezca raro, posteriores; por la sencilla razón de que toda reflexión sobre la experiencia se da a posteriori, y la fruición es un acto reflexivo.

Incluso los acontecimientos vitales de los días próximos o lejanos, contribuyen a formar ese momento irrepetible. Es cierto lo que dice Borges, cada lectura tiene su momento, y no puede ser forzada.

Hay una ley que gobierna la lectura. De alguna forma, los libros llegan a nuestras manos con cierto orden, que el apresurado llamaría aleatorio (aunque no sin vacilar), y es cierto también que luego de acabar con uno, el alma siente predisposición a tal o cual, muchas veces sin causas claras.

Hace unos días me pasó algo que sólo ocurre cada tanto, y por esta infrecuencia, así como por el número de factores, internos y exteriores, que es preciso concertar para que ocurra, lo valoro con cariño: comencé a leer un libro y me fue imposible detenerme.

Venía yo de ciertas lecturas, quizá crudas –en alguna acepción que no sé si la palabra tiene –y, me encaré a las que aún me aguardaban apiladas en una mesita del living (en vez de mesita podríamos decir una caja).

Puesto de tal guisa ante mi destino, de pie ante mi doméstico jardín de los senderos que se bifurcan, dije vos mismo, vení para acá. Así comencé a leer La motocyclette (una generosa recomendación factual de Jahey) de André Pieyre de Mandiargues (mucho gusto, encantado, Zeta). Y no lo pude dejar de leer. Pasaron las horas. Tres. Y yo seguía posponiendo mis quehaceres con una voz en background que los fijaba para el final de la siguiente media hora, una y otra vez.

La novela es el viaje de una joven de diecinueve años montada a una Harley Davidson negra, entre Haguenau, en Alsacia, y Heidelberg, al borde de la Selva Negra. La chica sale al alba enfundada en un traje negro de motociclista (sólo lleva debajo una bombacha de nylon color piel, por la cual se alegra al recordar que unos días atrás, ni siquiera eso llevaba) dejando a su esposo durmiendo en la cama, para encontrarse con su amante.

Quizá contribuyó a encantarme que yo hubiera hecho hace poco tiempo, el camino exactamente inverso, desde Heidelberg hasta Strasbourg, en circunstancias que por diversos motivos, hoy son muy especiales para mí. Puede haber influido en especial Heidelberg, ya que producto de nuestra imprevisión, varios extravíos, de algo inefable, y de la falta de hospedaje estándar, nos alojamos en el Hotel am Schloβ (en la Zwingerstraβe que no es sino la calle de la Perrera) prendido a la ladera sur del río Neckar, a los pies del castillo de Heidelberg, con vistas a la Heiliggeistkirche primero (iglesia del Espíritu Santo), al río más atrás, al Alte Brücke y al Paseo de los Filósofos (Philosophenweg); a las luces más cercanas de la ciudad antigua, y a las más nuevas a lo lejos, cuando caía la noche y nos sentábamos en la terraza que balconeaba la ladera empinada.

Tal vez disfruté tanto la lectura porque me acuerdo aún de las curvas que escalaban la Selva Negra. Y sin duda porque una circunstancia similar a la de Heidelberg nos puso en Strasbourg en el Hôtel Suisse, con vistas a la catedral de Strasbourg, a escasos cien metros (cómo nos habituamos a las belles vues!).

Claro que no conducía una motocicleta Harley Davidson entonces, sino un Ford Fiesta, apropiado y eficiente (nos habían prometido un Opel Astra, pero, por alemanas razones que escasamente comprendí, hubo cambio de planes).

Ahora, lo más curioso de todo esto es que jamás me interesaron las motocicletas. Nunca he subido a una.

Miento, anduve una vez en Marindia –hace como veinticinco años –en la parte de atrás de una motito de esas que van propulsadas por un ruido a batidora, con el exnovio de una exprima (que sigue siéndolo, pero que no la veo hace años). Y también, sí, es cierto, en épocas ya más adultas, he sido acompañante de Morihei, en una moto respetable. Pero nunca me interesaron estos aparatos. En una época solía incluso desestimular a la gente a andar en moto.

Y fijate que viajando junto a Pieyre de Mandiargues por las rutas alsacianas y por la Selva Negra, sentí (lo repito: SENTI) el vértigo de la velocidad en el rostro y en el estómago, la vibración del motor entre mis muslos apretados contra el tanque de nafta; vi desintegrarse a mi alrededor todo vestigio de inmovilidad, casas, árboles, toda referencia espacial, vi un túnel, y un universo al final; estuve fuera del espacio, escapando a las leyes vitales que parecen inexorables al pedestre, pero que son nada a 150 km/h, recostado contra el cuerpo tibio de la Harley. Y sentí la necesidad de girar mi muñeca y dar más gas, y después de cierto punto la velocidad es poca siempre, así como para el alcohólico un vaso debe seguir a otro, porque a esas velocidades, tampoco la velocidad existe.

A pesar de tener la tranquilidad que me proporcionaba el freno de dirección (cuya existencia jamás hubiera sospechado antes de subir a la Harley y comprender lo fatal que puede ser la menor, la más alemana de las imperfecciones de la ruta a 170 km/h) a pesar de ese seguro, sentí miedo. Miedo de tener que volver a desplazarme a paso de peatón (tal vez es por eso que nunca me gustaron las motos, sólo que ahora lo sé). Miedo a no poder parar de acelerar.

Preferiría no saber cual de todas estas causas hicieron de mi lectura una experiencia tan especial. Y me queda aún una más: es muy probable que al leer en una lengua que no me pertenece, haya podido escapar al rígido y sutil corsé de la gramática, que es existencia, y por lo tanto, esta historia haya llegado hasta mí como pura esencia.

Es posible que haya burlado la admonición con que comienza un párrafo introductorio a La motocyclette, advirtiendo que toda narración es un ensueño vaciado en las formas del lenguaje.

La novela en sí comienza con un parágrafo extraído del Metzengerstein de Poe, que a su vez comienza con una cita de Martin Lutero. Así, cada uno va anteponiendo a los episodios de su vida, palabras de otros libros, de otras vidas. Todos nos remitimos sin remedio a una causa primera, una o dos, unas pocas en cualquier caso.

Dejo por acá. Este post está saliendo demasiado res non verba.
Salú. Pasen bien.